Hace un par de semanas entré en una tienda para comprarme un zumo de naranja, y nada
más entrar el dependiente me empezó a gritar en turco y señaló a la televisión
que estaba sobre la puerta de la tienda, justo encima de mí, me giré y vi que
era el telediario. La cámara apuntaba al cielo, a una mancha entre las nubes y
en los títulos de la noticia vi que decía -entre todas las palabras
incomprensibles para mí- Estambul. Juro que lo primero que pensé fue que los
marcianos habían llegado y a mí me había tocado ver el espectáculo en turco.
Justo en ese momento la cámara bajó y se vio a un reportero
entrevistando a un ornitólogo. Pues vaya. Al menos algo de marciano sí que
había al fin y al cabo.
Pero la diversión no terminó ahí. Cuando cogí mi zumo y fui al
mostrador el dependiente me debió de ver ganas de hablar por la cara de resaca
que tenía y unas legañas como estalactitas, así que me empezó a hablar en turco
como si cualquiera que llevara viviendo toda la vida en el barrio.
Fue un monólogo alucinante de diez minutos en la que el hombre se
frotó las manos, hacía como que le cortaban el brazo izquierdo, levantaba la
ceja izquierda mirando por encima de sus gafas con una sonrisa picarona y abría las manos para mostrar el tamaño de algo que aún no estoy seguro de qué
era, ni quiero saberlo. Solo al final de esos diez minutos el dependiente me
preguntó algo, supongo que qué opinaba del asunto. Yo hasta el momento sonreía
cuando él sonreía, afirmaba con la cabeza cuando suponía que había que hacerlo
y me encogía de hombros con una sonrisilla idiota cuando me preguntaba cosas en
medio del monólogo. Pero de la última pregunta no fui capaz de escaparme y le tuve que decir que I am spanish, que
sorry pero que I don’t understand.
¿Y qué dijo el dependiente?
¡Deutchland!-Gritó-Danke schoen, Danke shoen.
Pues nada. Ahora soy alemán. Para que luego digan que Turquía no es
multicultural.
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