Será porque llevo dos días en mi casa casi sin hacer nada y aún no he podido ver a mis amigos porque todo el mundo está de exámenes y eso me ha decepcionado un poco, pero la verdad es que cuando uno vuelve a casa se respira un aire diferente. Uno mira a las cosas que conoce desde niño como si hubiesen perdido brillo o vida.
En Eskisehir, a pesar del asco que me puede provocar Turquía a veces, es verdad que la sensación que tienes en el estómago es totalmente diferente a cuando vuelves a estar bajo el ala de papá y mamá. Como diría Bertrand Russell, has abierto la puerta, durante los primeros segundos tienes frío y sientes miedo, pero luego sales afuera y disfrutas de la luz del sol, del aire y de la libertad.
Y cuando acaba el día tienes que volver a entrar en casa. Todo parece más oscuro, todo un poco más mediocre, un poco más cutre -lo cual es irónico, porque deberían ver lo cutre que es a veces Eskisehir.
Joder. Te sientes libre sabiéndote en la otra punta del mapa. Cada instante llega a tu cerebro como una explosión de vida y todo reluce constantemente con una luz especial. Los cigarrillos saben mejor, las chicas son más guapas, sus sonrisas más bonitas y el amor se vive más intensamente. Hasta los nuevos paisajes te exigen más minutos en silencio para poder apreciarlos. Las conversaciones -tal vez porque muchas de ellas son en otro idioma- parece que quieren decir algo más de lo que realmente se dice, incluso tus propias palabras.
La vida, en resumen, se centra más en el presente, el futuro se hace apasionante y prometedor, y todos lo pasado vivido allí -incluso lo triste o lo amargo- ha valido la pena. Y eso para mí significa que te haces un poco más sabio. Esto es, que aprendes un poco más a vivir, con todo lo que quiere decir esto. Si es que sabes encajar y reconocer las lecciones del camino.
No sé cómo será esa famosa depresión post-erasmus, pero efectivamente hay algo de desalentador en la vuelta. A veces pienso que en el fondo de todo esto, más allá de lo triste que es despedirse de ciertas personas que se han convertido para uno en un híbrido a medio camino entre el amigo y el hermano, lo que en realidad subyace es el miedo a abandonar sin querer una concepción de la vida en Eskisehir -o en dónde sea- que te aterra olvidar para no recuperar nunca.
Pero por otro lado está lo maravilloso de contar tus aventuras a la gente que quieres, el volver a pasear por las calles por las que creciste y el volverse a encontrar con tus amigos (cuando acaben sus exámenes). Sé que es una especie de aviso de lo que puede que llegue en verano, cuando todo esto se haya acabado. Pero siendo honestos, no creo que eso pase. Sinceramente sé que esta decepción y tristeza se van a ir hoy por la noche sin decirme adiós, algo que no me importará un carajo.
No sé ustedes, pero yo me he hecho un poco más a mí mismo allí, a más de cinco mil kilómetros de distancia. He abandonado algunas ideas y he cogido otras. Siento que he mejorado un poco dentro de mi cabeza.




