martes, 29 de noviembre de 2011

Hoy toca de hablar de cosas tristes


Hoy le vi el alma a una persona. Y era un alma que estaba muy jodida con la vida. Y muy cansada.
No diré quién es porque ya hablé más de la cuenta en su momento cuando llegué a casa, y no creo que la persona merezca que su nombre salga aquí sin que él o ella tenga la menos idea, incluso cuando sea casi imposible que acabe sabiendo que este blog existe; y es que cuando te expones así, como mínimo esperas algo de silencio por parte del otro. O al menos te consuela imaginar que lo habrá.
Yo no soy de esos que guardan silencio, pero al menos si puedo tener la decencia de no decir nombres ni géneros y contar solo la historia. A veces la gente se olvida que el mensaje es más importante que el mensajero.

La escena empieza cuando ambos estamos tomando un café y hablando de cosas sin más: ese tipo de conversaciones que fuerzas para intentar que sea todo muy interesante y todo quede muy divertido, de estas cosas que te entran ganas de pararte en medio de la charla con sonrisita en la boca y digas "Uy, pero que bien que nos lo estamos pasando ¿no?".
Pero cuando yo estaba por pararme efectivamente a decir la frasecita, es exactamente entonces cuando la persona en cuestión paró en seco y me pregunta sobre qué planes tengo a corto y a largo plazo con mi vida. 
No sé ustedes, pero a mí cuando alguien que casi no conozco me pregunta sobre lo que quiero hacer con mi vida,  dentro de mi cabeza algo empieza a aullar como si fuera la alarma de un submarino a punto de estallar y se me levantan las defensas. No estaba muy seguro de qué me iba a decir esa persona, pero jamás pensé que me fuera a decir nada como lo que me acabó soltando.
Lo que yo quiero hacer con mi vida no viene al caso, pero una vez que le expuse el asunto la persona se restregó los ojos. Y luego empezó a hablar muy seriamente mirándome a los ojos.

Aquella persona me habló de resignación y de conformismo, de que más que luchar por lo que quiero que aprendiese simplemente a adaptarme a lo que llegase. Que al final lo que yo quiera no va a significar demasiado.
Y luego soltó la frase: “al menos eso es lo que yo he aprendido en la vida”. Como disculpándose.
En cualquier caso no me chocó eso, no es la primera vez que me dicen este tipo de cosas. Me chocó que aquello que me intentaba decir en realidad esa persona era lo más optimista que podía llegar a decir. 

A medida que esa persona iba hablándome de todo ese estoicismo mal digerido de libros de auto-ayuda que seguramente habría devorado a decenas, yo no podía atender a lo que me decía, sino a lo que no decía pero dejaba intuir con la mirada y los gestos.


Y esa persona sonreía de vez en cuando cuando hablaba. Esas sonrisas que me lanzaba era lo que más me inquietaba, y no porque me intentase consolar con ellas, sino porque estoy casi seguro de que esas sonrisas se han acabado convirtiendo para esa persona en su propio consuelo. 

Joder, esa persona me dio pena.

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