martes, 29 de noviembre de 2011

Corre, Moi, corre

Desde que empecé la carrera empecé a adquirir un hábito que nunca pude tener en casa de mis padres; salir a correr de noche. Para ese tipo de días un poco descontrolados en los que se te quedan pegadas las sábanas más de la cuenta o te tomas algo más de café de lo que deberías y siempre cuesta dormirte, salir a correr un poco de noche viene genial para dormir luego de un tirón.
El caso, hoy era una de esas noches. Aunque la temperatura era de -9, tampoco es nada que un par de abrigos, un anorak y un poco de música no pueda solucionar, así que salí a la calle y me puse al lío.
Estuve como media hora hasta que decidí que era suficiente y que no quería coger una pulmonía, así que cuando enfilé mi calle dejé de correr y me dediqué a caminar los últimos trescientos metros.
¿Recuerdan, queridos lectores, cuando escribí acerca de los gatos callejeros de Eskisehir? Pues también hay perros callejeros.
Vi a uno de ellos correteando a unos cuantos pasos de distancia frente a mi, uno relativamente pequeño que casi parece más abandonado que nacido y criado en la calle. No me preocupó y seguí mi camino, pero en un instante se puso alerta y levantó las orejas dirigiendo su cabeza como una flecha hacia un perro marrón y negro mucho más grande que él que estaba solo a unos metros por delante.
Mentiría si dijera que no me impresionó ver a esa bestia perfilada bajo la luz de una farola amarillenta en medio de una encrucijada de cuatro calles de los suburbios por las que no pasaba ni una sola alma a las dos de la madrugada.
Bueno Moi, no te preocupes -me dije- que es solo un perro. Tampoco es tan grande. Tú no hagas ninguna tontería y no pasa nada.
Seguí caminando como quien no quiere la cosa, pero a medida que me iba acercando a este segundo perro que a cada paso se iba haciendo acojonantemente más y más grande, yo me iba acercando más y más a la acera y me alejaba más y más de él, haciéndome el loco pero mirándolo de reojo y preparando la patada del por-si-acaso-por-favor-no.
Y justo atravesando la encrucijada de las cuatro calles, en ese momento ciego en el que estás más centrado en lo que ve tu rabillo del ojo que lo que realmente estás mirando, oí un ladrido precisamente de mi punto ciego.
Y madre de Dios. Menuda escena.
Me giro y me doy cuenta de que no son un ladrido; son diez distintos. Diez perros corriendo hacia donde estoy yo y ladrando como hijos de perra.
Y yo no me paro ni un segundo a averiguar si van a por mi o a por el cachimarán que está tan acojonado como yo a solo un par de pasos por detrás de mí.
Así que ahí me podían ver, queridos lectores, esprintando por medio de una calle de los suburbios de Eskisehir a las dos de la madrugada perseguido por diez perros ladrando como locos y yo gritando a mi vez "hijos de puta" una y otra vez. Solo diré que las rodillas me chocaban contra la punta de la nariz.
Así que, queridos lectores, creo que el hábito de correr de noche se ha quedado definitivamente aparcado hasta nuevo aviso.

Y por cierto, háganse cargo de la escena posterior; llego a mi piso a las dos y media de la madrugada, jadeando y descojonándome por la escena. Todos dormidos en el piso menos Elena, que está encerrada en su habitación y que ahora mismo posiblemente esté escondida debajo de las sábanas acojonada ya no solo por el detalle de haberme ido a la calle a las dos de la madrugada, sino por esos jadeos y risillas descontroladas.
Posiblemente mientras esté escribiendo esto ella esté contando con los dedos de las manos cuántos días faltan para cambiarse de piso y dejar de vivir con un enfermo mental.

Repóker de gilipolleces.

1 comentario:

  1. En el ultimo comentario pasaste por alto el detalle de que 1: cierro la puerta con llave ( mas vale prevenir) y 2: yo tambien soy un poco enferma y a pesar de haber estado despierta ni siquiera oí la puerta :D

    ResponderEliminar