Muchos de los turcos que he conocido hasta ahora son creyentes (“believers” se llaman a sí mismos en
inglés). Muchos tienen una concepción deística de Alá, en la que reconocen su
existencia y acuden a él cuando tienen problemas, pero no creen necesario
adorarle las 5 veces al día que manda el Corán.
Cuando digo que soy ateo muchos dicen que sienten lástima por mí,
igual que al resto de Erasmus ateos, pero una pena ínfima, como si nos
hubiésemos levantado la costra de una herida demasiado grande. Otros no dicen
nada o simplemente dicen “lo respeto”. La inmensa mayoría jamás te sacará el
tema.
Nadie está aquí para convencer a nadie, al menos eso parece ser por
ahora. A ninguno nos interesa lo más mínimo en el hombro de quién o qué nos
abrazamos cada cuál en las noches de tormenta.
Sin embargo hace unas semanas empecé a discutir del tema con uno de
mis mejores amigos turcos, alguien que aún saliendo de fiesta, encantándole el
hecho de beber alcohol y acostarse con todas las mujeres que puede, tiene la
seguridad de que en unos pocos años acabará sentando la cabeza y convirtiéndose
en un musulmán responsable. Y eso empezará cuando peregrine a La Meca,
me dijo en su momento.
Fue en esa discusión cuando por primera vez intuí realmente lo que
significa la tolerancia; cuando él me expuso unas ideas que yo no comparto -por
no decir algo más fuerte-, y yo valoré que para mí era más importante su
amistad que nuestras diferencias conceptuales y decidí callarme, sin asentir
pero tampoco sin afirmar; dejar que él terminase de hablar y luego cambiar de
tema.
Me consuela pensar que al final lo único que importa son los actos
personales y no las creencias, aunque también sé que me engaño a mí mismo al no
meter a las motivaciones dentro de la ecuación.

No hay comentarios:
Publicar un comentario