Hoy fui a un gimnasio en Eskisehir y si no me quitaba los auriculares cualquiera diría que seguía en Las Palmas o en Santiago de Compostela, por esos tipos que andan como gorilas, con los codos a más separados mejor, que se tocan sus pectorales con esa cara de sufrimiento hacia el horizonte como diciendo "Dios... cuántas fibras he roto hoy con mi nuevo ejercicio de mancuerdas" y con esa mirada por encima del hombro que lanzan a los alfeñiques, nenazas y tirillas que poblamos los gimnasios.
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