martes, 27 de diciembre de 2011

Días de hospital - 1

Hace dos días me encontraba en un hospital turco esperando frente a la oficina del doctor de medicina interna y no era capaz de apartar la mirada de la enorme fila de gente que esperaba para entrar en el despacho del psiquiatra. 


En Turquía, como en España, medicamentos como el Prozac y algunos otros psicofármacos se venden sin receta en las farmacias y cualquiera puede automedicarse con el conocimiento médico de un mono. Yo no es que sepa mucho de medicina, pero no me parece de locos que acabarás loco si tomas medicinas para locos sin estar loco. 
No hay datos oficiales del índice de suicidios en este país, al menos no en español ni en inglés que yo haya encontrado en internet, pero creo que los metros que tiene una fila de personas que esperan a su cita con un psiquiatra puede llegar a ser lo suficientemente significativo a falta de cualquier otra estadística más fiable. Aunque sea, para intuir por dónde van los tiros, vaya.


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No era la primera vez que iba a un hospital turco, pero no me es agradable nunca entrar en uno. No ya porque de por sí los hospitales sean incómodos y me huelan a agujas, alcohol medicinal y a enfermedad tapada con medicamentos y cremas, sino porque si eres un extranjero y no dominas del turco más que dos o tres cosas esenciales, llegar hasta el médico puede ser una pesadilla. 
Generalmente ellos saben hablar inglés, o al menos dominan lo suficiente como para poder entender dónde y cuánto te duele. El problema son los gerentes y los oficinistas, de los que dependes para poder llegar hasta ellos.

Había llegado hacía media hora. No era esperar demasiado, teniendo en cuenta que en España puedes pasar horas en la sala de espera. El problema había sido llegar; cuando entré en el recinto caminé hasta encontrarme frente a la oficinista de turno, a la que le pregunté "english?". Ella me miró, suspiró y llamó por teléfono mientras levantaba su dedo índice como diciendo "Un segundo, por favor". A cosa de los diez segundos la puerta que había al otro lado del pasillo se abrió y de ella salió un tipo que le gritó algo en turco.
A partir de ahí se sucedió un diálogo entre berridos entre el hombre en cuestión y la oficinista, de lo que pude deducir que hablaban de mí y que necesitaban un traductor. "Ve con él", me dijo la mujer al terminar.

Entré en el despacho del hombre y me preguntó qué me pasaba. Le conté que hacía una semana, entrenando kick boxing un chaval me había pegado una patada en las costillas y aún me dolía. Lo gracioso fue como el señor debió obviar las palabras kick boxing -tal vez juzgó que no eran importantes- y solo se fijó en que me palpaba con la mano la zona de la caja torácica y me preguntó "¿Quieres ir al dermatólogo? Te llevamos al dermatólogo". Ahí casi me reí por lo absurdo de la pregunta; "¿No sería mejor ir al traumatólogo, o algo por el estilo?" pregunté.
-¿Quieres ir al traumatólogo?
-No sé nada de medicina, pero supongo que es lo que necesito.

Me dijeron que fuera otra vez a la oficina, me pidieron mi Tarjeta de Identificación de estudiante y tuve que pagar una lira. Aquella fue seguramente la asistencia médica más barata de mi vida.
Me dijeron que esperase frente a la puerta número 3. Caminé hacia allí y leí "Dermatoloji-II". No es que sea un genio de la lingüística, pero no hay que ser muy perspicaz para entender lo que eso significaba y que evidentemente me habían enviado al lugar equivocado. Me empecé a reír otra vez y me encontré al tipo de antes en el pasillo. Lo curioso esta vez fue que el hombre me miró sorprendido, me cogió de la mano y me llevó a la puerta 5. "Dahiliye", ponía. Después supe que eso significaba medicina interna.
Yo ya ni me preocupé en preguntarme qué entendía ese hombre por puerta número 3. 

Mientras esperaba vi como al principio del pasillo había ni más ni menos que una enorme reproducción de la cabeza de Atatürk en la pared, mirando con esa mirada típica suya, sonriendo pero con la mirada triste. Personalmente creo que la adoración que practica la mayor parte de la población turca al ídolo en el que se ha convertido el padre fundador de la nación es, como mínimo, algo digno de estudio. Yo, que me meo río en todo este asunto de los iconos e ídolos, personalmente creo que raya lo enfermo. Al menos no me sorprende que haya tantas personas esperando al psiquiátra si llega a haber personas en este país que adoran a ese individuo tanto como a sus propios padres.

Junto a mí habían ancianos que esperaban su turno sentados. Quince minutos después el médico salió de su despacho disparado como una bala, con la mirada a medio camino entre la de Bruce Willis en la primera película de La jungla de cristal y la de Clint Eastwood en Por un puñado de dólares. Se plantó en medio del pasillo con las manos en la cintura, piernas bien abiertas y con una actitud como diciendo "¿A quién hay que salvar hoy, coño?". Me gustó esa mirada. No se la había visto nunca antes a ningún otro doctor.

En un segundo fue rodeado por media docena de ancianos ansiosos de que sus próstatas fueran revisadas. Aquello parecía obsceno, casi un bukkake medicinal, y el médico era el protagonista al que en lugar de caerle lo que en estos casos suele caerle en la cara a la gente, le llegaban formularios y papeles.
En medio de aquel maremagnum, el tipo me vio esperando en el otro lado del pasillo y me llamó con un gesto de cabeza. La gente se apartó y entré en el lugar cerrando la puerta. La verdad es que no sé en qué lugar me deja eso después de haber escrito lo del bukkake.

El caso es que entré en el despacho y mientras el doctor atendía a una llamada, me fijé en que tenía un cuadro del busto de Hipócrates, y debajo de él, el juramento. Tampoco había visto nunca a ningún médico que tuviese a Hipócrates en su despacho, aquello dignificaba bastante al señor.
El señor terminó la llamada y me preguntó como me llamaba. Moisés, le dije.
-¿Eh?
No sé que les pasa a los turcos con mi nombre, les parece impronunciable. Mūsa, dije, que es la traducción en árabe y que también utilizan los turcos.
-Aaah...- Y se rió.-¡ Mūsa !

Después de explicarle lo que me pasaba y de presionarme la costilla hasta que parecía que me iba a reventar me dijo que había que hacer una radiografía. Me llevó al lugar y para cuando me dí cuenta el hombre había desaparecido. Iba a preguntar a dónde se había largado pero en ese momento me cogieron y me pusieron de espaldas a una máquina, pim pam, y la radiografía estaba lista. Un hombre que hablaba algo de inglés en la sala me dio las placas y yo le dije que perdone, pero que a mí lo que me duele son las costillas, no la espalda.
-Vale, pero eso díselo al médico, yo soy técnico.

Volví al despacho del doctor y para cuando entré, el hombre sostuvo las radiografías mirándolas con interés. Estuvo un minuto en silencio y luego susurró para sí mismo "surgery...". Ahí ya me acojoné de verdad. Cirugía sí que no. Eso era igual a olvidarse del Erasmus.
El caso es que el hombre me miró luego y me dijo sonriendo "¿Sabes? Esta no es mi especialidad, vamos a preguntarle al especialista".
Aquello era llevar demasiado lejos el juramento hipocrático de ayudar a todo el que lo necesitase. Una hora y media dando vueltas por el hospital y ahora me decía que no era su especialidad. ¿Dónde estaba mi escopeta?

Al final acabé viendo al traumatólogo, dos horas y quince minutos después de haber entrado en el hospital. Costillas desplazadas, concluyó después de ver las radiografías durante dos segundos; crema, pastillas y nada de ejercicio en diez días. Punto y final.

Salí del hospital tomando la firme decisión de que a partir de ahora tomaría un Actimel cada día, cinco frutas, mucha verdura y sobre todo que nadie me volvería a dar una patada en las costillas nunca más. Estos hijos de puta no me volverán a pillar nunca más.

Y colorín colorado, esta locura se ha terminado.



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