En Turquía, como en España, medicamentos como el Prozac y algunos otros psicofármacos se venden sin receta en las farmacias y cualquiera puede automedicarse con el conocimiento médico de un mono. Yo no es que sepa mucho de medicina, pero no me parece de locos que acabarás loco si tomas medicinas para locos sin estar loco.
No hay datos oficiales del índice de suicidios en este
país, al menos no en español ni en inglés que yo haya encontrado en internet,
pero creo que los metros que tiene una fila de personas que esperan a su cita
con un psiquiatra puede llegar a ser lo suficientemente significativo a falta
de cualquier otra estadística más fiable. Aunque sea, para intuir por dónde van
los tiros, vaya.
No era la primera vez que iba a un hospital turco,
pero no me es agradable nunca entrar en uno. No ya porque de por sí los
hospitales sean incómodos y me huelan a agujas, alcohol medicinal y a
enfermedad tapada con medicamentos y cremas, sino porque si eres un extranjero
y no dominas del turco más que dos o tres cosas esenciales, llegar hasta el
médico puede ser una pesadilla.
Generalmente ellos saben hablar inglés, o al menos
dominan lo suficiente como para poder entender dónde y cuánto te duele. El
problema son los gerentes y los oficinistas, de los que dependes para poder
llegar hasta ellos.
Había llegado hacía media hora. No era esperar
demasiado, teniendo en cuenta que en España puedes pasar horas en la sala de
espera. El problema había sido llegar; cuando entré en el recinto caminé hasta
encontrarme frente a la oficinista de turno, a la que le pregunté
"english?". Ella me miró, suspiró y llamó por teléfono mientras
levantaba su dedo índice como diciendo "Un segundo, por favor". A
cosa de los diez segundos la puerta que había al otro lado del pasillo se abrió
y de ella salió un tipo que le gritó algo en turco.
A partir de ahí se sucedió un diálogo entre berridos
entre el hombre en cuestión y la oficinista, de lo que pude deducir que
hablaban de mí y que necesitaban un traductor. "Ve con él", me dijo
la mujer al terminar.
-¿Quieres ir al traumatólogo?
-No sé nada de medicina, pero supongo que es lo que
necesito.
Me dijeron que fuera otra vez a la oficina, me
pidieron mi Tarjeta de Identificación de estudiante y tuve que pagar una lira.
Aquella fue seguramente la asistencia médica más barata de mi vida.
Me dijeron que esperase frente a la puerta número 3.
Caminé hacia allí y leí "Dermatoloji-II". No es que sea un genio de
la lingüística, pero no hay que ser muy perspicaz para entender lo que eso
significaba y que evidentemente me habían enviado al lugar equivocado. Me
empecé a reír otra vez y me encontré al tipo de antes en el pasillo. Lo curioso
esta vez fue que el hombre me miró sorprendido, me cogió de la mano y me llevó
a la puerta 5. "Dahiliye", ponía. Después supe que eso significaba
medicina interna.
Yo ya ni me preocupé en preguntarme qué entendía ese
hombre por puerta número 3.
Mientras esperaba vi como al principio del
pasillo había ni más ni menos que una enorme reproducción de la cabeza de
Atatürk en la pared, mirando con esa mirada típica suya, sonriendo pero con la
mirada triste. Personalmente creo que la adoración que practica la mayor parte de la población turca al ídolo en el que se ha convertido el padre fundador de la nación es, como mínimo, algo digno de estudio. Yo, que me meo río en todo este asunto de los iconos e ídolos, personalmente creo que raya lo enfermo. Al menos no me sorprende que haya tantas personas esperando al psiquiátra si
llega a haber personas en este país que adoran a ese individuo tanto como a sus propios
padres.
Junto a mí habían ancianos que esperaban su turno
sentados. Quince minutos después el médico salió de su despacho disparado
como una bala, con la mirada a medio camino entre la de Bruce Willis en la primera
película de La jungla de cristal y la de Clint Eastwood en Por un puñado de
dólares. Se plantó en medio del pasillo con las manos en la cintura, piernas bien abiertas y con una actitud como diciendo "¿A quién hay que salvar hoy,
coño?". Me gustó esa mirada. No se la había visto nunca antes a ningún
otro doctor.
En un segundo fue rodeado por media docena de ancianos
ansiosos de que sus próstatas fueran revisadas. Aquello parecía obsceno, casi
un bukkake medicinal, y el médico era el protagonista al que en lugar de caerle
lo que en estos casos suele caerle en la cara a la gente, le llegaban
formularios y papeles.
En medio de aquel maremagnum, el tipo me vio esperando
en el otro lado del pasillo y me llamó con un gesto de cabeza. La gente se
apartó y entré en el lugar cerrando la puerta. La verdad es que no sé en qué
lugar me deja eso después de haber escrito lo del bukkake.
El caso es que entré en el despacho y mientras el
doctor atendía a una llamada, me fijé en que tenía un cuadro del busto de
Hipócrates, y debajo de él, el juramento. Tampoco había visto nunca a ningún médico que
tuviese a Hipócrates en su despacho, aquello dignificaba bastante al señor.
El señor terminó la llamada y me preguntó como me
llamaba. Moisés, le dije.
-¿Eh?
No sé que les pasa a los turcos con mi nombre, les
parece impronunciable. Mūsa, dije, que es la traducción en árabe y que también utilizan los turcos.
-Aaah...- Y se rió.-¡
Mūsa !
Después de explicarle lo que me pasaba y de presionarme la costilla hasta que parecía que me iba a reventar me dijo que había que hacer
una radiografía. Me llevó al lugar y para cuando me dí cuenta el hombre había
desaparecido. Iba a preguntar a dónde se había largado pero en ese momento me
cogieron y me pusieron de espaldas a una máquina, pim pam, y la radiografía
estaba lista. Un hombre que hablaba algo de inglés en la sala me dio las placas
y yo le dije que perdone, pero que a mí lo que me duele son las costillas, no
la espalda.
-Vale, pero eso díselo al médico, yo soy técnico.
Volví al despacho del doctor y para cuando entré, el hombre
sostuvo las radiografías mirándolas con interés. Estuvo un minuto en silencio y
luego susurró para sí mismo "surgery...". Ahí ya me acojoné de
verdad. Cirugía sí que no. Eso era igual a olvidarse del Erasmus.
El caso es que el hombre me miró luego y me dijo
sonriendo "¿Sabes? Esta no es mi especialidad, vamos a preguntarle al
especialista".
Aquello era llevar demasiado lejos el juramento
hipocrático de ayudar a todo el que lo necesitase. Una hora y media dando vueltas por el hospital y ahora me
decía que no era su especialidad. ¿Dónde estaba mi escopeta?
Al final acabé viendo al traumatólogo, dos horas y
quince minutos después de haber entrado en el hospital. Costillas desplazadas,
concluyó después de ver las radiografías durante dos segundos; crema, pastillas
y nada de ejercicio en diez días. Punto y final.
Salí del hospital tomando la firme decisión de que a
partir de ahora tomaría un Actimel cada día, cinco frutas, mucha verdura y
sobre todo que nadie me volvería a dar una patada en las costillas nunca más.
Estos hijos de puta no me volverán a pillar nunca más.

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