Hoy me levanté con la campanilla tan inflamada que cuando intentaba hablar se me metía entre la lengua y el paladar. Así, durante toda la mañana, cada vez que quería decir algo parecía la versión idiota de Forrest Gump. Ga vida eg gomo una gaga ge gomgones, ya saben.
El caso es que ayer este canario se fue a aprender a esquiar a Uladag -una montaña que hay cerca de la ciudad de Bursa, a unos 150 km de Eskisehir-, y parece que el frío me afectó más de lo que creí. No sé porqué, pero creo que el hecho de que Malva Alcalá Fernández e Ignacio Viguera me acribillasen a bolas de nieve -y que más de una me diera a lo Peter Pan (esto es, hasta la campanilla)-, posiblemente haya influido algo en que esta mañana tuviese la úvula del tamaño de una pelota de ping-pong.
Cogimos la guagua (para los que no estén familiarizados con el término, significa autobús) sobre las siete de la mañana, algo después de la primera llamada al rezo de la mezquita. Algunos de los que iban a venir se quedaron con las sábanas pegadas más de la cuenta y les faltó poco para meterse un cohete en el culo para poder llegar a tiempo, pero al final todos estábamos cuando el autobús salió.
Personalmente el viaje de tres horas se me hizo nada, será porque me pasé todo el tiempo durmiendo, pero parece que más de uno me acompañó en la sobada.
A partir de ese viaje, el pequeño Juan se convirtió en caso de extremo interés por parte de los traumatólogos de todo el mundo
Llegamos al lugar y aquello parecía más una postal típica de Finlandia que de Turquía. Yo al menos no me hubiese sorprendido demasiado si un gordo vestido de rojo hubiese aparecido en medio de los abetos.
Estar rodeado de toda esa nieve, y que encima no parase de nevar, me parecía increíble. La verdad es que no me extrañaría que cualquiera de los compañeros de viaje pensase que me había metido algo antes, porque estaba completamente hiper-activo, moviéndome de un lado a otro sin parar mientras me reía como un energúmeno.
He aprendido un par de cosas con este viaje, pero una de las más importantes es que nunca puedes confiar en la nieve. Todas esas pequeñas montañitas de agua cristalizada solo son una panda de putas esperando a que des un paso en falso para mojarte hasta la rodilla. Antes de tener los esquís, yo ya tenía los pantalones chorreando. Pero en cuanto tuve las botas de esquiar puestas salí corriendo de la tienda y le dí su merecido a la nieve.
Queridos niños que leéis este blog; cuando esquiéis por primera vez tomaos unos segundos para tranquilizaros o acabaréis como vuestro querido Tito Moi; pisoteando un montículo de nieve mientras gritáis "¿¡Quién moja ahora a quién, zorra!?"
¿Recuerdan, queridos lectores asiduos a este blog, aquellos perros que me persiguieron por una callejuela de Eskisehir a las dos de la madrugada? Pues en Uladag hay unos perros que al verlos me hicieron dar gracias de que los que hay en la ciudad sean unos nenazas comparados con ellos. Aquellos caballos pequeños iban en manada recorriendo la base de la montaña y pasando al rededor de los coches aparcados, y se quedaban quietos y en silencio mirándote si se daban cuenta de que los observabas.
Después de haber esquiado como locos, de caernos los que no teníamos ni idea del asunto y era nuestra primera vez -valga la pena decir que la imagen de Alex Snelling en medio de la pista recubierto de nieve me llegó al corazón-, devolvimos el material y nos fuimos a lo que nos habían dicho que era una barbacoa. Imagínense la situación, queridos lectores, -nosotros muertos de frío, las puntas de los dedos doliendo como el demonio y todo el cuerpo mojado o cubierto por la escarcha- cuál fue nuestra cara cuando aquella barbacoa resultó ser un par de planchas de metal improvisadas dentro del autobús y los kilos de pechugas, alitas y salchichas soñados se convirtieron en un bocadillo medio vacío con más lechuga que carne.
El día se terminó con una señora batalla de nieve entre Malva, Nacho, dos chavales más y yo, mientras otro colega grababa un vídeo mientras se desorinaba finamente de la risa cuando alguien recibía un bolazo en la cara. Valga decir que acabó con Malva lanzándole una bola de nieve del tamaño de su antebrazo al cámara, uno de nuestros colegas gritándome "You fucking bastard!" cuando pensé que sería buena idea ver qué tal le quedaría una bola de nieve de parche en su ojo derecho y Nacho jugando a ser francotirador y juntando puntos por cada cabeza que recibía un bolazo suyo.
Como detalle final del día, la vuelta a Eskisehir eran otras tres horas de guagua. Obviamente aquello se merecía una siesta, y diantres si me la eché. Pero cuando me desperté la señora que estaba a mi lado me miraba con unos ojos llenos de odio. Creo que no le tuvo que hacer mucha gracia que roncase.
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