Una de las pocas
cosas que le encuentro malas a este blog a la hora de trabajar en él es que hay
cosas para las que me niego a mí mismo la licencia de escribir. Hay ciertas
cosas que pasan que solo deben ser conocidas por aquellas personas que las
vivieron y que otros, que no tienen nada que ver y solo leen esto, no tienen el
derecho de conocer. Y es que en esto de contar qué pasa a miles de kilómetros
de casa, el uso que hacemos de la dignidad refleja lo hijos de puta o lo
buenazos que podemos llegar a ser.
Por suerte sí puedo
escribir sobre ciertas repercusiones que tienen ese tipo de historias;
situaciones que aparecen sin que uno sepa muy bien cómo y que de repente hacen
descubrir los rincones íntimos que guardan algunos individuos dentro de sí,
rincones que no sabías ni que existía. Tal vez porque no hubo oportunidad para
ello. Tal vez porque es en ese momento exacto cuando se descubre lo que uno
guarda de verdad en el alma.
Hablo de generosidad.
Y de altruismo. Y de desinterés. Del te ayudo sin explicación. Del que hoy por ti
mañana por mí, y que no te preocupes que
todo saldrá bien. Hablo de que hoy vi a una persona ayudar a otra tan
desinteresadamente que se me dibujó una sonrisa en la cara y pensé, Joder, pues
no está nada mal esto de ser humano si le pones ganas.
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