Elena y yo llegamos a Eskisehir a las tantas de la madrugada una noche cerrada que amenazaba con llover. Salimos del tren y nos vinieron a recoger gente del ESN que ni siquiera sabíamos que habían venido a por nosotros. De no haber sido por ellos habríamos dormido en la estación de tren aquel día, pero nos dejaron dormir en una habitación de su casa. Eso siempre se los agradeceré.
El caso es que yendo hacia el lugar de ellos, caminábamos por una típica calle de Eskisehir; la carretera llena de agujeros, montañas de arena para hacer la mezcla de cemento para una de los muchísimos edificios en construcción de por aquí, aceras destrozadas, perros callejeros deambulando en busca de algo que meterse en la boca o un sitio caliente donde echarse unas cuantas horas. Imagínense la primera impresión para alguien que iba a quedarse a vivir allí todo un año.
Mientras caminábamos empezamos a oír la llamada de la mezquita. Ahora sé que debían de ser las cerca de las cinco de la mañana, que es el primer rezo de la jornada. Era la primera vez en mi vida que oía esa llamada. Me detuve.
No diré que me extasió la belleza porque eso es una gilipollez, pero si que me impresionó profundamente. Es raro vivir algo que sabes que existe y de lo que tienes noticia pero que nunca habías experimentado. Durante unos segundos te mueves entre la curiosidad, la decepción y la alegría de vivirlo finalmente.
Pero un segundo después empezamos a escuchar algo que ni Elena ni yo habíamos escuchado nunca. Un rugido ensordecedor, como si la mano de Dios hubiese empezado a cortar los cielos con unas tijeras y la noche se estuviese rajando por la mitad como una tela barata de color negro infinito.
Miramos hacia arriba y vimos como dos cazas militares pasaban a toda velocidad sobre nuestras cabezas aullando.
Así que ahora imagínense, queridos lectores, cuál fue nuestra primera impresión; la llamada de la mezquita al rezo y los cazas militares mientras nosotros caminábamos por una calle a oscuras de madrugada al tiempo que un perro hambriento nos miraba desde la esquina. Espero que no crean que soy un loco cuando sepan que lo primero que pensé fue "Me cago en Dios, ¿dónde me he metido?".
Al día siguiente supimos lo de los campos de entrenamiento de aviación militar en Eskisehir, y eso nos tranquilizó. Ahora me acuerdo y me río. No sé para los demás, pero para mí Eskisehir fue durante los tres primeros días una ciudad amenazadora, pero que luego solo me dio alegrías.
Siempre es curioso comparar el caos que sientes cuando llegas a un lugar desconocido con el orden con el que lo ves todo una vez que te habitúas a él, por muy descontrolado que acabe siendo al final.
Muy buena Moi! Pero no nos has mencionado a los primeros que conociste en el aeropuerto y los que luego estuvieron en el tren Eskisehirero!! Un abrazo!
ResponderEliminarEL Yonki de Batman
Tengo escrita una entrada solo para el viaje de llegada, que dio para mucho de si. Tranquilo que haré al menos una entrada para cada pichón de erasmus en Eskisehir a su debido tiempo (cuando se me acaben las ideas o cuando tenga una anécdota de cada uno en la ciudad)
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