sábado, 2 de junio de 2012

El aḏān

Después de lo que sospecho que ha sido justicia kármica me haya abofeteado irónicamente hace escasa media hora, me encontraba volviendo al piso sin pensar demasiado en nada en especial cuando el primer canto del aḏān me sorprendió en la calle. Y como de esta noche pensaba hacer algo productivo con mi vida (aunque tenía otra cosa en mente por lo de productivo), la tentativa de una breve reflexión sobre el tema no me pareció tan mala opción.
Me gusta, a su manera, que la llamada al rezo en la religión musulmana sea cantada. En cierto sentido porque si uno escucha con atención, los gritos del almuédano de la mezquita son bastante tristes, o melancólicos si se prefiere. Pero también son más humanos que las campanas de las iglesias cristianas.
En cuanto al asunto de la tristeza, quizás sea solamente yo, pero después de este año he llegado a pensar que en Turquía existe cierta devoción por el hecho de sentirse triste. Uno lo intuye por ejemplo si escucha la música nacional, tanto la tradicional como la más comercial. Hay una pasión evidente por cantar sobre corazones rotos, pérdidas personales o desengaños. Y por lo visto es típico meterse entre pecho y espalda litros de raki cuando se está despechado mientras se escucha alguna de estas canciones, maldiciendo y demás. Ya se pueden imaginar la escena. En general esto me resulta un tanto patético, aunque no creo que yo sea nadie para decir nada. Aquí cada uno pasa página -si se quiere decir así- como puede.
En lo tocante a lo humano, solo hablo desde mi experiencia más personal, porque hasta ahora no he visto ninguna otra cosa y no he estado en ningún otro templo que no sea cristiano o musulmán. Las campanas son totalmente apersonales y suenan casi a un mandato frío y mecánico. El aḏān es totalmente pasional. Es lo más representativo que hay en el concepto de ser musulmán, que literalmente significa ser siervo de Ala. No siervo en el sentido más peyorativo de la palabra, la sumisión (que también): me refiero al amor platónico hacia su Señor particular. Es casi como si los católicos españoles decidiesen eliminar las campanadas y sustituirlas por ciertos versos de Santa Teresa de Jesús (específicamente los que hablan sobre el dolor de corazón, que efectivamente padeció al tener una enfermedad coronaria) o de Fray Luis de León. 
Son palabras de amor al fin y al cabo, tristes, pero palabras. No son golpes contra el metal duro y frío. 


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