Después de lo
que sospecho que ha sido justicia kármica me haya abofeteado irónicamente hace
escasa media hora, me encontraba volviendo al piso sin pensar demasiado en nada
en especial cuando el primer canto del aḏān me sorprendió
en la calle. Y como de esta noche pensaba hacer algo productivo con mi vida
(aunque tenía otra cosa en mente por lo de productivo), la tentativa de una breve
reflexión sobre el tema no me pareció tan mala opción.
Me gusta, a su manera, que la llamada al rezo en la religión
musulmana sea cantada. En cierto sentido porque si uno escucha con atención,
los gritos del almuédano de la mezquita son bastante tristes, o melancólicos si
se prefiere. Pero también son más humanos que las campanas de las iglesias
cristianas.
En cuanto al asunto de la tristeza, quizás sea solamente yo, pero
después de este año he llegado a pensar que en Turquía existe cierta
devoción por el hecho de sentirse triste. Uno lo intuye por ejemplo si escucha
la música nacional, tanto la tradicional como la más comercial. Hay una pasión
evidente por cantar sobre corazones rotos, pérdidas personales o desengaños. Y
por lo visto es típico meterse entre pecho y espalda litros de raki cuando
se está despechado mientras se escucha alguna de estas canciones, maldiciendo y
demás. Ya se pueden imaginar la escena. En general esto me resulta un tanto
patético, aunque no creo que yo sea nadie para decir nada. Aquí cada uno pasa página
-si se quiere decir así- como puede.
En lo tocante a lo humano, solo hablo desde mi experiencia más
personal, porque hasta ahora no he visto ninguna otra cosa y no he estado en
ningún otro templo que no sea cristiano o musulmán. Las campanas son totalmente
apersonales y suenan casi a un mandato frío y mecánico. El aḏān es
totalmente pasional. Es lo más representativo que hay en el concepto de ser
musulmán, que literalmente significa ser siervo de Ala. No siervo en el
sentido más peyorativo de la palabra, la sumisión (que también): me refiero
al amor platónico hacia su Señor particular. Es casi como si los católicos
españoles decidiesen eliminar las campanadas y sustituirlas por ciertos versos
de Santa Teresa de Jesús (específicamente los que hablan sobre el dolor de
corazón, que efectivamente padeció al tener una enfermedad coronaria) o de Fray
Luis de León.
Son palabras de amor al fin y al cabo, tristes, pero palabras. No son golpes contra el metal duro y frío.
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