jueves, 21 de junio de 2012

Crónica del fin del Erasmus - I

Al final se acabó todo. Tecleo esto desde la casa de mis abuelos. Mis padres, que se han pasado todo el año echándose las manos a la cabeza (siempre con indignación fingida pero algo real, aún así), ahora están recorriéndose el sur de España en moto. Mi hermana no viene hasta dentro de dos semanas y se dedicará a quemar sistemáticamente todas y cada una de las discotecas de Las Palmas antes de venir aquí (y no quiero ni pensar qué puede llegar a hacer una chica de 18 añitos, con novio y con una casa para ella sola). Así que yo he dedicado mi primer día en menesteres tales como ordenar mi habitación de la casa del pueblo hasta hacerla habitable y estudiar unos apuntes que dicen nosequé de que Shakespeare fue un periodista del copón. Todo eso amenizado con la vida típica y hogareña de un pequeño pueblo de una aldea de las Rías Bajas gallegas. Esto, recordando que dos días antes estaba paseando por Éfeso, es como para pegarse un tiro, oigan.

Pero me lío. Quería relatar la vuelta en sí. En su principio me resistía. Pero si este es un blog sobre el Erasmus, creo que el Erasmus no se acaba solo con la vuelta al país de origen, sino con el paso de los días, y con él, el paso de página, que pienso que llegará cuando se deje a un lado la "depresión post-erasmus", que espero que solo sea una exageración del tremendo aburrimiento que sientes al volver.

Las circunstancias en las que amanecí mi último en Eskisehir son bizarras, y solo la conocen un par de personas y un gato que se hizo el muerto al verme salir de una habitación que no era la mía. Creo que, por la salud psicológica de todos los queridos lectores, lo mejor será pasar por alto esta historia en particular. Al menos no desperté en un descampado, aunque la intención estaba ahí, como recordarán los lectores más afines a este sitio. 
Por fortuna, ninguna parte de mi anatomía resultó dañada esta vez, como ha venido pasando las últimas noches. De haber estado un par de semanas más en Turquía liándola parda por las noches, habría tenido que volver a España en silla de ruedas, o peor.

El caso. Las despedidas y los hastaluegos casi parecieron un drama. Ojos rojos y lagrimitas muy mal escondidas, y yo solo tenía ganas de hacer la de Son Goku y aparecer de repente en España. Aunque reconozco que el catalizador de todo el asunto fue la pobre Özlem, que se despedía del bueno de Álvaro, y a uno le era imposible no sentir como se le partía un poco el corazón al ver las lágrimas de la pareja. Y sobre todo a Álvaro. Nunca le vi al chico otra cosa que no fuera una sonrisa en su cara. Y aunque seguía sonriendo, aquella noche la lagrimita, como diría él, estaba ahí.

Hasta aquí la primera parte. Mañana acción trepidante con Need for speed: Estambul drift y Duty Free: puedes entrar pero no salir.

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