martes, 27 de diciembre de 2011

Cosas de pobres

Mi abuela dice que la ignorancia es muy atrevida y a veces es mejor estarse callado y esperar a saber un poco más antes de decir nada. Sí que tiene razón.

No hay nada como moverse para poder comparar lo que se ve con lo que se conoce -o se cree conocer- y así comprender mejor, calladito y en silencio, la vida. Cuando empecé este blog escribí que vivo en uno de los suburbios de Eskisehir. 
Ahora me doy cuento que yo solo vivo en otro barrio más. Que los suburbios son otra cosa.

Cuando hice el viaje para esquiar en el monte Uludag y nos acercábamos a Bursa, la ciudad que está al pie de esa montaña, la mole ambulante que era el autobús pasó por lo que creo que eran las afueras de la ciudad o tal vez un pueblo cercano.
Íbamos por una carretera secundaria llena de baches, perdida en el mapa e inundada en ciertos tramos, mientras afuera caía una llovizna incómoda gris y fría que empapaba a la gente que caminaba descuidada por ese camino. Yo miraba por la ventana observando aquel panorama y agradecí el piso y el barrio en el que vivo en Eskisehir.
Aquel era un lugar ocupado por colmenas de viviendas bajo las que no había pavimentación ninguna, solo mugre y una tierra tan árida que ni siquiera se mojaba, solo se estancaba de algo que parecía ser la mezcla del agua, del barro y de la mierda que había por todos lados. 
Aquel era un lugar poblado por gente que era tan pobre que los hijos seguramente no recibían de sus padres ni el dinero suficiente con el que comprar unos sprays a hurtadillas con los que hacer pintadas en las fachadas.
Aquel era un lugar donde de las chimeneas de las chavolas que habían al otro lado de la carretera -construidas con hojalata descoloridas y trozos de metal amontonados a modo de techo- salía un humo amarillo que me recordaba al que hacen los productos químicos al arder.
Eso sí eran suburbios. Por Dios.

En Estambul una vez Metin me dijo que no me hiciese una idea equivocada de la situación económica turca por lo privilegiada que era Eskisehir. En su momento pensé que decía de coña lo de privilegiada. Ahora veo que Turquía es un país pobre donde la clase media escasea y abundan los que tienen lo justo o menos para vivir.

Los estudios dicen que este país no ha parado de crecer desde que consiguió estabilizar su economía entre el 2001 y el 2002, que incluso es de los países que más están creciendo del mundo hoy en día. Espero que esto sea verdad y que siga así, pero joder...

Días de hospital - 1

Hace dos días me encontraba en un hospital turco esperando frente a la oficina del doctor de medicina interna y no era capaz de apartar la mirada de la enorme fila de gente que esperaba para entrar en el despacho del psiquiatra. 


En Turquía, como en España, medicamentos como el Prozac y algunos otros psicofármacos se venden sin receta en las farmacias y cualquiera puede automedicarse con el conocimiento médico de un mono. Yo no es que sepa mucho de medicina, pero no me parece de locos que acabarás loco si tomas medicinas para locos sin estar loco. 
No hay datos oficiales del índice de suicidios en este país, al menos no en español ni en inglés que yo haya encontrado en internet, pero creo que los metros que tiene una fila de personas que esperan a su cita con un psiquiatra puede llegar a ser lo suficientemente significativo a falta de cualquier otra estadística más fiable. Aunque sea, para intuir por dónde van los tiros, vaya.


funny gifs

No era la primera vez que iba a un hospital turco, pero no me es agradable nunca entrar en uno. No ya porque de por sí los hospitales sean incómodos y me huelan a agujas, alcohol medicinal y a enfermedad tapada con medicamentos y cremas, sino porque si eres un extranjero y no dominas del turco más que dos o tres cosas esenciales, llegar hasta el médico puede ser una pesadilla. 
Generalmente ellos saben hablar inglés, o al menos dominan lo suficiente como para poder entender dónde y cuánto te duele. El problema son los gerentes y los oficinistas, de los que dependes para poder llegar hasta ellos.

Había llegado hacía media hora. No era esperar demasiado, teniendo en cuenta que en España puedes pasar horas en la sala de espera. El problema había sido llegar; cuando entré en el recinto caminé hasta encontrarme frente a la oficinista de turno, a la que le pregunté "english?". Ella me miró, suspiró y llamó por teléfono mientras levantaba su dedo índice como diciendo "Un segundo, por favor". A cosa de los diez segundos la puerta que había al otro lado del pasillo se abrió y de ella salió un tipo que le gritó algo en turco.
A partir de ahí se sucedió un diálogo entre berridos entre el hombre en cuestión y la oficinista, de lo que pude deducir que hablaban de mí y que necesitaban un traductor. "Ve con él", me dijo la mujer al terminar.

Entré en el despacho del hombre y me preguntó qué me pasaba. Le conté que hacía una semana, entrenando kick boxing un chaval me había pegado una patada en las costillas y aún me dolía. Lo gracioso fue como el señor debió obviar las palabras kick boxing -tal vez juzgó que no eran importantes- y solo se fijó en que me palpaba con la mano la zona de la caja torácica y me preguntó "¿Quieres ir al dermatólogo? Te llevamos al dermatólogo". Ahí casi me reí por lo absurdo de la pregunta; "¿No sería mejor ir al traumatólogo, o algo por el estilo?" pregunté.
-¿Quieres ir al traumatólogo?
-No sé nada de medicina, pero supongo que es lo que necesito.

Me dijeron que fuera otra vez a la oficina, me pidieron mi Tarjeta de Identificación de estudiante y tuve que pagar una lira. Aquella fue seguramente la asistencia médica más barata de mi vida.
Me dijeron que esperase frente a la puerta número 3. Caminé hacia allí y leí "Dermatoloji-II". No es que sea un genio de la lingüística, pero no hay que ser muy perspicaz para entender lo que eso significaba y que evidentemente me habían enviado al lugar equivocado. Me empecé a reír otra vez y me encontré al tipo de antes en el pasillo. Lo curioso esta vez fue que el hombre me miró sorprendido, me cogió de la mano y me llevó a la puerta 5. "Dahiliye", ponía. Después supe que eso significaba medicina interna.
Yo ya ni me preocupé en preguntarme qué entendía ese hombre por puerta número 3. 

Mientras esperaba vi como al principio del pasillo había ni más ni menos que una enorme reproducción de la cabeza de Atatürk en la pared, mirando con esa mirada típica suya, sonriendo pero con la mirada triste. Personalmente creo que la adoración que practica la mayor parte de la población turca al ídolo en el que se ha convertido el padre fundador de la nación es, como mínimo, algo digno de estudio. Yo, que me meo río en todo este asunto de los iconos e ídolos, personalmente creo que raya lo enfermo. Al menos no me sorprende que haya tantas personas esperando al psiquiátra si llega a haber personas en este país que adoran a ese individuo tanto como a sus propios padres.

Junto a mí habían ancianos que esperaban su turno sentados. Quince minutos después el médico salió de su despacho disparado como una bala, con la mirada a medio camino entre la de Bruce Willis en la primera película de La jungla de cristal y la de Clint Eastwood en Por un puñado de dólares. Se plantó en medio del pasillo con las manos en la cintura, piernas bien abiertas y con una actitud como diciendo "¿A quién hay que salvar hoy, coño?". Me gustó esa mirada. No se la había visto nunca antes a ningún otro doctor.

En un segundo fue rodeado por media docena de ancianos ansiosos de que sus próstatas fueran revisadas. Aquello parecía obsceno, casi un bukkake medicinal, y el médico era el protagonista al que en lugar de caerle lo que en estos casos suele caerle en la cara a la gente, le llegaban formularios y papeles.
En medio de aquel maremagnum, el tipo me vio esperando en el otro lado del pasillo y me llamó con un gesto de cabeza. La gente se apartó y entré en el lugar cerrando la puerta. La verdad es que no sé en qué lugar me deja eso después de haber escrito lo del bukkake.

El caso es que entré en el despacho y mientras el doctor atendía a una llamada, me fijé en que tenía un cuadro del busto de Hipócrates, y debajo de él, el juramento. Tampoco había visto nunca a ningún médico que tuviese a Hipócrates en su despacho, aquello dignificaba bastante al señor.
El señor terminó la llamada y me preguntó como me llamaba. Moisés, le dije.
-¿Eh?
No sé que les pasa a los turcos con mi nombre, les parece impronunciable. Mūsa, dije, que es la traducción en árabe y que también utilizan los turcos.
-Aaah...- Y se rió.-¡ Mūsa !

Después de explicarle lo que me pasaba y de presionarme la costilla hasta que parecía que me iba a reventar me dijo que había que hacer una radiografía. Me llevó al lugar y para cuando me dí cuenta el hombre había desaparecido. Iba a preguntar a dónde se había largado pero en ese momento me cogieron y me pusieron de espaldas a una máquina, pim pam, y la radiografía estaba lista. Un hombre que hablaba algo de inglés en la sala me dio las placas y yo le dije que perdone, pero que a mí lo que me duele son las costillas, no la espalda.
-Vale, pero eso díselo al médico, yo soy técnico.

Volví al despacho del doctor y para cuando entré, el hombre sostuvo las radiografías mirándolas con interés. Estuvo un minuto en silencio y luego susurró para sí mismo "surgery...". Ahí ya me acojoné de verdad. Cirugía sí que no. Eso era igual a olvidarse del Erasmus.
El caso es que el hombre me miró luego y me dijo sonriendo "¿Sabes? Esta no es mi especialidad, vamos a preguntarle al especialista".
Aquello era llevar demasiado lejos el juramento hipocrático de ayudar a todo el que lo necesitase. Una hora y media dando vueltas por el hospital y ahora me decía que no era su especialidad. ¿Dónde estaba mi escopeta?

Al final acabé viendo al traumatólogo, dos horas y quince minutos después de haber entrado en el hospital. Costillas desplazadas, concluyó después de ver las radiografías durante dos segundos; crema, pastillas y nada de ejercicio en diez días. Punto y final.

Salí del hospital tomando la firme decisión de que a partir de ahora tomaría un Actimel cada día, cinco frutas, mucha verdura y sobre todo que nadie me volvería a dar una patada en las costillas nunca más. Estos hijos de puta no me volverán a pillar nunca más.

Y colorín colorado, esta locura se ha terminado.



sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidades a la turca

Así es como los turcos celebran la Navidad; despelotando a la presentadora de su televisión que más nota tenga en relación estupidez-putonerío


Eso sí, lo prefiero al discurso del rey

Así da gusto

Hoy una amiga me ha escrito lo siguiente en la red social:
"Turquía se convierte en el país del mundo con más periodistas encarcelados. Su número supera ya el centenar. El viernes, se decretó prisión para 36 periodistas arrestados el martes y puso en libertad con cargos a otros 7. Es una información de Efe
Hace 40 minutos
¡Feliz Navidad, Moisés!"

Pues nada, feliz nochebuena desde Turquía

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Lunes de bazar

En Eskisehir todos los lunes hay bazar. Eso significa que durante casi doce horas, miles de personas irán recorriendo una sola de las calles de la ciudad y los estudiantes universitarios nos pelearemos por kilos de verdura y fruta barata con codazos en la boca si hace falta. Y es que nadie juega con la comida del Tito Moi.


Es una avenida estrechísima donde se apilan puestos en cada acera y la gente camina como si fuese una manada de pingüinos y donde cualquiera que saque fotos será mirado por encima del hombro por tenderos y nativos, como pensando "será principiante".


El abusivo precio del alcohol en Turquía lo equilibra el insultantemente bajo coste de las verduras y frutas que se venden en estos puestos semanales. Aquí uno se puede hacer con tres kilos de pimientos verdes por menos de tres o cuatro liras, lo que equivale a entre 1,2 y 1,6 € ahora mismo. 
El problema de todo esto es que al ver que las verduras son tan baratas acabas determinando toda tu economía en base a las verduras que compras en el bazar para poder pagar los viajes y las fiestas. Pero cualquiera sabe que no se puede aguantar mucho sin comer carne, así que al final de cada semana te has dado algún capricho en algún restaurante tres o cuatro veces, y como resultado acabas gastando a lo tonto más de la mitad del presupuesto en comida.
Aunque parece que nosotros no somos los únicos a los que nos da por gastar alegremente. Al final del día, toda la verdura y fruta que sobre es arrojada a la calle sin pensarlo dos veces. Si uno pasea por la noche por esa misma calle verá a todos los perros y gatos callejeros luchando de verdad por la comida.



lunes, 19 de diciembre de 2011

Snowcalipsis

Hoy me levanté con la campanilla tan inflamada que cuando intentaba hablar se me metía entre la lengua y el paladar. Así, durante toda la mañana, cada vez que quería decir algo parecía la versión idiota de Forrest Gump. Ga vida eg gomo una gaga ge gomgones, ya saben.
El caso es que ayer este canario se fue a aprender a esquiar a Uladag -una montaña que hay cerca de la ciudad de Bursa, a unos 150 km de Eskisehir-, y parece que el frío me afectó más de lo que creí. No sé porqué, pero creo que el hecho de que Malva Alcalá Fernández e Ignacio Viguera me acribillasen a bolas de nieve -y que más de una me diera a lo Peter Pan (esto es, hasta la campanilla)-, posiblemente haya influido algo en que esta mañana tuviese la úvula del tamaño de una pelota de ping-pong.

Cogimos la guagua (para los que no estén familiarizados con el término, significa autobús) sobre las siete de la mañana, algo después de la primera llamada al rezo de la mezquita. Algunos de los que iban a venir se quedaron con las sábanas pegadas más de la cuenta y les faltó poco para meterse un cohete en el culo para poder llegar a tiempo, pero al final todos estábamos cuando el autobús salió.
Personalmente el viaje de tres horas se me hizo nada, será porque me pasé todo el tiempo durmiendo, pero parece que más de uno me acompañó en la sobada.


A partir de ese viaje, el pequeño Juan se convirtió en caso de extremo interés por parte de los traumatólogos de todo el mundo

Llegamos al lugar y aquello parecía más una postal típica de Finlandia que de Turquía. Yo al menos no me hubiese sorprendido demasiado si un gordo vestido de rojo hubiese aparecido en medio de los abetos.

Estar rodeado de toda esa nieve, y que encima no parase de nevar, me parecía increíble. La verdad es que no me extrañaría que cualquiera de los compañeros de viaje pensase que me había metido algo antes, porque estaba completamente hiper-activo, moviéndome de un lado a otro sin parar mientras me reía como un energúmeno. 

He aprendido un par de cosas con este viaje, pero una de las más importantes es que nunca puedes confiar en la nieve. Todas esas pequeñas montañitas de agua cristalizada solo son una panda de putas esperando a que des un paso en falso para mojarte hasta la rodilla. Antes de tener los esquís, yo ya tenía los pantalones chorreando. Pero en cuanto tuve las botas de esquiar puestas salí corriendo de la tienda y le dí su merecido a la nieve.


Queridos niños que leéis este blog; cuando esquiéis por primera vez tomaos unos segundos para tranquilizaros o acabaréis como vuestro querido Tito Moi; pisoteando un montículo de nieve mientras gritáis "¿¡Quién moja ahora a quién, zorra!?"

¿Recuerdan, queridos lectores asiduos a este blog, aquellos perros que me persiguieron por una callejuela de Eskisehir a las dos de la madrugada? Pues en Uladag hay unos perros que al verlos me hicieron dar gracias de que los que hay en la ciudad sean unos nenazas comparados con ellos. Aquellos caballos pequeños iban en manada recorriendo la base de la montaña y pasando al rededor de los coches aparcados, y se quedaban quietos y en silencio mirándote si se daban cuenta de que los observabas.   


Después de haber esquiado como locos, de caernos los que no teníamos ni idea del asunto y era nuestra primera vez -valga la pena decir que la imagen de Alex Snelling en medio de la pista recubierto de nieve me llegó al corazón-, devolvimos el material y nos fuimos a lo que nos habían dicho que era una barbacoa. Imagínense la situación, queridos lectores, -nosotros muertos de frío, las puntas de los dedos doliendo como el demonio y todo el cuerpo mojado o cubierto por la escarcha- cuál fue nuestra cara cuando aquella barbacoa resultó ser un par de planchas de metal improvisadas dentro del autobús y los kilos de pechugas, alitas y salchichas soñados se convirtieron en un bocadillo medio vacío con más lechuga que carne.

El día se terminó con una señora batalla de nieve entre Malva, Nacho, dos chavales más y yo, mientras otro  colega grababa un vídeo mientras se desorinaba finamente de la risa cuando alguien recibía un bolazo en la cara. Valga decir que acabó con Malva lanzándole una bola de nieve del tamaño de su antebrazo al cámara, uno de nuestros colegas gritándome "You fucking bastard!" cuando pensé que sería buena idea ver qué tal le quedaría una bola de nieve de parche en su ojo derecho y Nacho jugando a ser francotirador y juntando puntos por cada cabeza que recibía un bolazo suyo.



Como detalle final del día, la vuelta a Eskisehir eran otras tres horas de guagua. Obviamente aquello se merecía una siesta, y diantres si me la eché. Pero cuando me desperté la señora que estaba a mi lado me miraba con unos ojos llenos de odio. Creo que no le tuvo que hacer mucha gracia que roncase.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Reductio ad Hitlerum

Tengo un colega alemán aquí -llamémoslo Adolfito- con el que hago chistes de nazis. Ni él ni yo somos de levantar la zarpa derecha con más convicción que la de partirnos el ojete. Lo hacemos porque nos hace gracia el humor negro, por grotesco que suene esto, como al fin y al cabo siempre lo es, admitámoslo.
La entrada de hoy toca hacerla porque hace un par de días otro ciudadano germánico que tengo agregado en la red social se enfadó bastante con Adolfito por un asunto.
Digamos que tengo una foto de mi amigo en una posición más tercer-reichista de la cuenta y comenté de risas que ahora podría chantajearlo cuando quisiera con esa foto en mi poder. Y el otro alemán leyó eso, y sin venir a cuento se cabreo con Adolfito en vez de conmigo. Me parece bastante representativo de lo cegado que está ese tipo -por no decir otra cosa-, cuando habiendo hecho yo la broma en lugar de encabritarse conmigo se encabritó con mi amigo alemán.
Curioso como a veces las estupideces propias más ingenuas sacan las estupideces ajenas más viscerales.
En cualquier caso; aunque nadie me lo pida aquí están las razones por las que hago bromas sobre nazis.
1) Me hacen gracia. Obviamente esta es, al final, la única razón genuina. 
2) Sé que es un lujo poder reírse de los nazis porque me toca bastante lejos. Así que me lo permito. Y qué bien sienta.
3) Para mí el humor es lo mejor que hay para poder sobrellevar la parte más jodida de la vida, y es uno de los mejores consuelos que hay. Los griegos usaban la catarsis en el drama. A mí me gusta usarla en la risa.
4) Los nazis fueron reales, valga la redundancia. Muy reales. Hay familias que incluso hoy en día tienen todavía cicatrices que les recuerdan a cada segundo lo reales que fueron, pero para mí aquellos tipos a una esvástica pegados me quedan tan lejos en el espacio, el tiempo y los círculos sociales que no representan  para mí más que lo abstracto de lo Malvado; son la prueba de lo peor que puede hacer el Ser Humano. Y como todo concepto abstracto dañino, para mí es risible si se le echa los suficientes cojones (y admito que para mí en este caso es fácil).
5) No hay mejor manera de evitar convertirte en algo que riéndote de él.
6) El humor suele cosificar a la gente, y es más fácil enfrentarse a algo que a alguien.

En cualquier caso no digo con esto que lo que yo haga, ni lo que Adolfito haga, sea demasiado moral ni sea lo correcto. Posiblemente sea de hipócritas y de imbéciles. Pero qué quieren que les diga. A mí Adolfito me demuestra o sabiduría o estupidez (o una mezcla de las dos) cuando en vez de censurar mis bromas nazis las comparte, siendo él más rojo que los calzoncillos de Papa Noël.