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martes, 17 de enero de 2012

Porque homenajear siempre está de moda

Hace ya unos días nos enteramos de que Fraga había muerto. Y al día siguiente vamos a la universidad y nada más entrar en el campus vemos que todas las banderas turcas están a media hasta.


No puede ser, pienso. Los largos dedos de Fraga no pueden llegar hasta Turquía. Siempre pensé que el límite de su poder se encontraba en la playa de Palomares. Así que puse en práctica lo que la USC me ha enseñado, y a base de preguntar un poco por ahí me cuentan que no, que Fraga no tuvo nunca nada que ver con la Operación Atila, los Lobos Grises, Atatürk o ninguno de los partidos que pululan bajo la bandera de color de sangre. Por no tener influencia aquí, no tiene ni una triste calle con su nombre, al menos hasta dónde yo sé.

En realidad, quien ha muerto ha sido Rauf Denktaş. Bueno, siendo más exactos la bandera se bajó en honor a él y alguien que falleció trágicamente haciendo esquí, pero qué quieren que les diga, me parece más interesante hablar del primero. Será también porque mis sentidos cínicos que dicen que las banderas de la universidad no bajarían hasta el medio palo por un esquiador. 

Para los que no tengan idea de quien es este señor, les recomiendo darse una vuelta por el artículo de Wikipedia de la República Turca del Norte de Chipre . Leer es gratis.
El caso es que este hombre fundó un país que aún a día de hoy solo es reconocido en todo el mundo por una sola nación (adivinen cuál), y se auto-nombró presidente del lugar en 1983 hasta el 2005 -aunque para ser honestos, comparado con Fraga no tiene ni media hostia-. Las malas lenguas dicen que más de un periodista murió al criticar su administración, las muy malas lenguas y menos educadas dicen que lo hizo un grupo paramilitar neo-fascista ultra-nacionalista pro-islámico (repóker de gilipolleces) llamado Lobos Grises, y en los callejones más oscuros y sucios de Turquía dicen que él lo ordenó. Pero no le hagan mucho caso a esas lenguas: no saben lo que dicen.

Lo que sí se sabe es que al menos él si que fundó, con ayuda de otros, otro grupito paramilitar de estos que usas más durante el día a día, más de andar por casa y tal, con menos neos, ultras y pros. Más cercano al pueblo.

Pero no quiero contarles el fin de la historia, lean, lean, y si pueden, den una vuelta por algunos artículos relacionados, y si encuentran algo interesante me lo comentan.
Y de paso me dicen qué les parece un país que homenajea a este tipo de señores.


miércoles, 11 de enero de 2012

Un montón de nieve del copón


Esta imagen la tomo Carol ayer desde el campus de la universidad. No se si lo recuerdan ustedes, queridos lectores, pero Eskisehir está en medio de la meseta anatólica y aquí es todo desierto; aquellas montañas que ven a lo lejos hace menos de dos semanas estaban absolutamente peladas.
Y es que nieva en la ciudad y a uno le da gusto ver todo blanco.
Yo ya no puedo esperar a ver lo bonito que quedará todo cuando las nieves se derritan y llegue la primavera. Ya tengo comprado el disfraz de Heidi.
Ayer de madrugada, a más de uno se le olvidó que tenía que estudiar para los exámenes y se apuntó a una macro guerra de bolas de nieve. Yo no, mamá: yo me quedé en el piso estudiando.



viernes, 16 de diciembre de 2011

Reductio ad Hitlerum

Tengo un colega alemán aquí -llamémoslo Adolfito- con el que hago chistes de nazis. Ni él ni yo somos de levantar la zarpa derecha con más convicción que la de partirnos el ojete. Lo hacemos porque nos hace gracia el humor negro, por grotesco que suene esto, como al fin y al cabo siempre lo es, admitámoslo.
La entrada de hoy toca hacerla porque hace un par de días otro ciudadano germánico que tengo agregado en la red social se enfadó bastante con Adolfito por un asunto.
Digamos que tengo una foto de mi amigo en una posición más tercer-reichista de la cuenta y comenté de risas que ahora podría chantajearlo cuando quisiera con esa foto en mi poder. Y el otro alemán leyó eso, y sin venir a cuento se cabreo con Adolfito en vez de conmigo. Me parece bastante representativo de lo cegado que está ese tipo -por no decir otra cosa-, cuando habiendo hecho yo la broma en lugar de encabritarse conmigo se encabritó con mi amigo alemán.
Curioso como a veces las estupideces propias más ingenuas sacan las estupideces ajenas más viscerales.
En cualquier caso; aunque nadie me lo pida aquí están las razones por las que hago bromas sobre nazis.
1) Me hacen gracia. Obviamente esta es, al final, la única razón genuina. 
2) Sé que es un lujo poder reírse de los nazis porque me toca bastante lejos. Así que me lo permito. Y qué bien sienta.
3) Para mí el humor es lo mejor que hay para poder sobrellevar la parte más jodida de la vida, y es uno de los mejores consuelos que hay. Los griegos usaban la catarsis en el drama. A mí me gusta usarla en la risa.
4) Los nazis fueron reales, valga la redundancia. Muy reales. Hay familias que incluso hoy en día tienen todavía cicatrices que les recuerdan a cada segundo lo reales que fueron, pero para mí aquellos tipos a una esvástica pegados me quedan tan lejos en el espacio, el tiempo y los círculos sociales que no representan  para mí más que lo abstracto de lo Malvado; son la prueba de lo peor que puede hacer el Ser Humano. Y como todo concepto abstracto dañino, para mí es risible si se le echa los suficientes cojones (y admito que para mí en este caso es fácil).
5) No hay mejor manera de evitar convertirte en algo que riéndote de él.
6) El humor suele cosificar a la gente, y es más fácil enfrentarse a algo que a alguien.

En cualquier caso no digo con esto que lo que yo haga, ni lo que Adolfito haga, sea demasiado moral ni sea lo correcto. Posiblemente sea de hipócritas y de imbéciles. Pero qué quieren que les diga. A mí Adolfito me demuestra o sabiduría o estupidez (o una mezcla de las dos) cuando en vez de censurar mis bromas nazis las comparte, siendo él más rojo que los calzoncillos de Papa Noël.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cengiz Topel

En Eskisehir, en uno de los entramados más transitados de la ciudad uno puede encontrarse con una de las estatuas más curiosas de la ciudad. Y será porque en Eskisehir no hay estatuas curiosas. Pero esa es otra historia.
La de hoy es la estatua de Cengiz Topel. Uno de los héroes modernos de Turquía, de esos que parece que el país tiene a patadas.


Al hombre le dedicaron no solo esta estatua, sino que en su honor han llamado con su nombre a lugares, escuelas y hospitales. Y tiene alguna que otra efigie más por el país.

En su momento me pregunté a cuento de qué venía la estatua de un tipo que parecía un extra de la película Top Gun en medio de Eskisehir, así que me puse a ver qué encontraba por internet sobre el tipo. Y lo que vi me pareció tan simbólico de Turquía que a uno le ayuda a entender el sentimiento de orgullo nacional que se tiene aquí -y a mi personalmente me revuelve un poco el estómago-.

El pequeño Cengiz fue hijo de un tabaquero, nacido en 1934. A medida que el pequeño niño fue creciendo se fue interesando más y más por la aviación, hasta el punto que acabó uniéndose a la Türk Hava Kuwetleri (la Fuerza Aérea Turca, para entendernos) y fue entrenado en Canadá para volver a Turquía en 1961 a la base aérea de Eskisehir y convertirse en capitán dos años después.

Al mismo tiempo que ocurría esto en Chipre, una isla habitada por poblaciones griegas y turcas, las cosas se iban revolviendo más y más, hasta el punto que en 1963, el presidente de aquella isla -el Arzobispo Makarios III- propuso una enmienda a la Constitución del lugar que hablaba sobre la "reorganización y redistribución" de los turcochipriotas y grecochipriotas.

Perdonen que me altere un poco, pero cuando alguien habla de "reorganización y redistribución" de algo que camine sobre dos patas a mi me recuerda a un alemán famoso al que le encantaba jugar a parecerse a los gatos de juguete que venden en los chinos. Eso de levantar una y otra vez la zarpa derecha le volvía loco, oigan.

El caso es que a los turcos eso no les gustó nada, pero en lugar de hablar las cosas tranquilamente se pusieron en plan "cagüendiosPatxinometoquesloscojones" y entre una cosa y otra acabaron invadiendo la isla. Así. Para las risas.

Y ahí es donde volvemos al bueno de Cengiz. Su escuadrón salió en misión uno de esos días y cuando atacaban la isla durante la batalla de Tylliria, su avión fue derribado por las fuerzas greco-chipriotas.
Al precedente de Han Solo después de visitar a Jabba the Hutt le dio tiempo de abrir su paracaidas mientras caía, pero al aterrizar en tierra fue capturado.
Dicen que fue torturado antes de ser fusilado, pero en cualquier caso una vez que puso pie en tierra murió.

Cengiz es tan reconocido porque él fue el primer miembro de las Fuerzas Aéreas turcas en morir en combate -que por otra parte me parece increíble, teniendo en cuenta que esa rama del ejercito fue fundada en 1911-. Y como primer mártir con alas de metal fue adorado por su país como un héroe.

Y bueno, ahora el comentario ácido. Yo no sé mucho, pero a mí eso de adorar a gente torturada me recuerda a unos señores de hace 2000 años a los que les cayó genial cierto carpintero de Nazaret al que le encantaba darle a la lengua y rayar al personal en la montaña y le dedicaron hasta cuatro libros y alguna cosilla más de lo majo que era. Pero luego les dió por interpretar lo que ese mismo hombre dijo en su momento como les dio la gana hasta el punto de desvirtuar todo su significado, y haciendo en consecuencia de todo excusándose en esas palabras que ya no significaban lo que eran al principio. Se cometieron atrocidades. Se hicieron barbaridades. 

Quien sabe si aquí ahora se está empezando a usar el mensaje de Cengiz como le da la gana a ciertas personas con bigote poblado. Y cuando digo quien sabe, por supuesto lo digo con ironía. No sé si lo captan.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Pisando terreno resbaladizo


Muchos de los turcos que he conocido hasta ahora son creyentes (“believers” se llaman a sí mismos en inglés). Muchos tienen una concepción deística de Alá, en la que reconocen su existencia y acuden a él cuando tienen problemas, pero no creen necesario adorarle las 5 veces al día que manda el Corán.
Cuando digo que soy ateo muchos dicen que sienten lástima por mí, igual que al resto de Erasmus ateos, pero una pena ínfima, como si nos hubiésemos levantado la costra de una herida demasiado grande. Otros no dicen nada o simplemente dicen “lo respeto”. La inmensa mayoría jamás te sacará el tema.
Nadie está aquí para convencer a nadie, al menos eso parece ser por ahora. A ninguno nos interesa lo más mínimo en el hombro de quién o qué nos abrazamos cada cuál en las noches de tormenta.
Sin embargo hace unas semanas empecé a discutir del tema con uno de mis mejores amigos turcos, alguien que aún saliendo de fiesta, encantándole el hecho de beber alcohol y acostarse con todas las mujeres que puede, tiene la seguridad de que en unos pocos años acabará sentando la cabeza y convirtiéndose en un musulmán responsable. Y eso empezará cuando peregrine a La Meca, me dijo en su momento.
Fue en esa discusión cuando por primera vez intuí realmente lo que significa la tolerancia; cuando él me expuso unas ideas que yo no comparto -por no decir algo más fuerte-, y yo valoré que para mí era más importante su amistad que nuestras diferencias conceptuales y decidí callarme, sin asentir pero tampoco sin afirmar; dejar que él terminase de hablar y luego cambiar de tema.
Me consuela pensar que al final lo único que importa son los actos personales y no las creencias, aunque también sé que me engaño a mí mismo al no meter a las motivaciones dentro de la ecuación.
Digamos que es un dilema que dejaré en el limbo de mi conciencia moral quedándome quieto hasta que las cosas se solucionen por sí solas, por cobarde que eso pueda sonar. Solo tengo una cosa clara; no perderé ningún amigo por culpa de ningún dios si eso está en mi mano.