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viernes, 16 de marzo de 2012

K.O. por ideología

No hay manera. En lugar de acostumbrarme, cada día me sorprenden más los puñetazos verbales de los turcos, que aparecen cuando nadie se los espera. Son unas frases tan impactantes como un directo bien conectado en la punta de la nariz y que sin embargo estos tipos sueltan como quien dice buenos días. 
Pero lo mejor viene luego, cuando se quedan callados mirándote a los ojos mientras esperan tu reacción con una sonrisita en la cara. Aunque ni siquiera ellos mismos lo admitan. Casi parece que quieren un motivo para poder demostrar ante cualquier hijo de vecino que pase por casualidad por el lugar lo consolidada que están sus convicciones.

Hoy, sin ir más lejos, en clase de turco, nuestra profesora nos enseñaba como conjugar verbos y empezó a buscar fotos cuando de repente dijo "Este es mi amor."
Ya está -pensé- nos va a enseñar la foto de su novio.
"Este es el amor de los turcos."
Oh Dios, ya sabía por dónde estaba yendo esto. No lo hagas, no, no lo...
Y entonces la chica cogió una foto enorme de Atatürk y nos la enseñó por web-cam. Parecía que el Padre de los Turcos nos analizaba el alma con su particular mirada bipolar desde el otro lado de la pantalla, como si nos preguntase ¿habéis sido buenos este año?
"Este es nuestro héroe".
Joder profesora. ¿Así? ¿Sin un besito antes para avisar?

 

Miren ustedes. A lo mejor simplemente soy yo, que la adoración sin reservas a cualquier ídolo o idea siempre me parece dogmática, extremista (y lo que es peor, potencialmente peligrosa), pero no puedo evitar quedarte noqueado durante unos segundos, mirando al tipo o tipa en cuestión (esta profesora es la última de una serie de desdichadas muestras de amor patrio) con la boca abierta y cerrándola justo cuando la gotita de saliva empieza a caer. 
Me pasa lo mismo si veo a cualquier comunista con un Che tatuado en su pecho, o en el momento en el que a las madres de los palestinos muertos durante alguna escaramuza se les llena el pecho de orgullo cuando nombran a sus hijos mártires o simplemente cuando cualquiera que ha ido algún domingo a misa cree bueno para su Currículum espiritual hacerme ver que necesito salvar mi alma volviendo a abrazar al Señor Todopoderoso de gorra D&G triangular.

Dentro de lo que cabe, a pesar de no compartirla soy respetuoso con cualquier creencia -esto es, callar como una puta cuando alguien dice algo sobre el tema y no me ha pedido mi opinión- si esta no implica hacer daño a nadie. Lo que me revienta las pelotas es que alguien crea necesario que yo me una a tal o cual causa. Que piensen que yo vivo en las sombras. Que crean estoy esperando a que algún buen samaritano me traiga hacia la luz. Que crean que lo necesito.

No se si me entenderán, pero esto no me parece diferente del hecho de ir caminando por la calle y que en un segundo algún histérico en bolas me abrace y me de besos en la cara, gritando de placer. Es una violación de mi intimidad psicológica e ideológica. Y lo que es peor, creyendo que lo hacen por mi Bien, cuando posiblemente nadie sepa a ciencia cierta cuál es ni tan siquiera su propio Bien.

Y ahora, si me disculpan, me voy a colonizar tierras turcas para Gloria de la Bandera Española y Goldman Sachs.

jueves, 2 de febrero de 2012

La pasión turca

La pasión turca es un eufemismo. Mejor sería llamarla la obsesión turca. O la enfermedad turca. Pero entonces al bueno de Gala el título de su novela no le habría quedado tan redondo. 

Una de las primeras noches que estuvimos en Turquía, Elena y yo volvíamos de fiesta de madrugada cuando el rugido del motor de un coche que en aquellos momentos estaba cruzando a toda velocidad la calle se detuvo en seco, derrapando y quemando la goma de los neumáticos. Todo esto justo a nuestra altura. Yo miré y vi que dentro de él habían tres personas que nos observaban. Absolutamente en silencio. El coche estuvo al relentí, siguiendo nuestros pasos durante uno de los cinco metros más tensos de mi vida. 
Después los del coche dijeron algo en turco y aceleraron. Yo vi como se perdían por los callejones de la ciudad. Esto es algo que les ha pasado a la gran mayoría de las chicas que hay por esta ciudad. Y para las turcas es usual sucesos como este. 

En otra ocasión una chica española iba a su casa de noche después de salir de un bar cuando notó que un chico la perseguía por la calle, unos metros por detrás . Cuando ella entró en su piso, alguien empezó a tocar en el telefonillo. La chica no abrío. Miró por la ventana escondiéndose entre las sortinas y vio que era el mismo tipo, que la miraba desde la calle. El personaje siguió así más o menos media hora, y al final se fue.

Un grupo de turcos que conocemos -y al que a pesar de que nadie les invita a veces suelen acabar en nuestras fiestas-, por norma general se suelen dedicar a emborracharse y a sobar a las chicas, y a los que un "no", por determinante y serio que se diga, no les dice nada. En nuestra última fiesta tuvimos que echar a uno fuera de la casa.

En otra ocasión, otra chica esperaba para recoger su abrigo dentro de una pequeña marabunta de personas que se iba moviendo poco a poco hacia el guardarropa de una discoteca. En algún momento anónimo, alguien le tocó el culo. Pero no fue la típica nalgada desconocida y fugaz. No. Le estrujó la retaguardia y mantuvo la mano ahí. La chica apartó la mano de una bofetada sin reconocer de quién era. Cuando se dio la vuelta, la mano volvió otra vez. Ella la apartó de un golpe pero la mano regresaba una y otra vez. 
La chica cogió su chaqueta y salió de la discoteca temblando de miedo y de rabia. Nunca supimos quien fue. Ella siempre dice que es la primera vez que se vio cosificada. Reducida sin haberlo querido solo a un culo por un estúpido a quien ni siquiera le había visto la cara.

Las chicas turcas no suelen volver a su casa solas si ésta quedaba lejos y era tarde. Al principio de mi erasmus esto me sorprendía. Pensaba que la cultura del país les hacía creerse -independientemente de si lo son o no- indefensas. Pero ahora comprendo que habiéndose criado en un lugar en el que sabes que van a violar tan impunemente y sin remordimiento tu espacio personal, y para lo que prácticamente no puedes hacer nada a no ser que vayas acompañada, al final solo las realmente fuertes siguen indiferentes ante eso, y las que tienen más miedo crean ese sentimiento de necesidad de compañía.

A mí personalmente me da ganas de vomitar. Todo esto desgraciadamente no son sucesos aislados en el espacio y el tiempo, sino que constituyen una de las constantes más tristes y patéticas de este país. Y me he dejado muchas cosas por teclear. Se lo aseguro.

Quiero pensar que estoy haciendo mal, que no tengo que aplicar a todo un país el comportamiento de una docena de tipos a los que los cojones les queman dentro de los pantalones. Que generalizar es uno de los mayores pecados a la hora de escribir. Pero todos mis amigos, compañeros y gente extranjera que he conocido viajando por el país -muy diferentes unos de otros- han tenido esas mismas experiencias a lo largo de toda la nación. Eso me hace pensar que ya no es algo puntual.

Algunas personas me han dicho que es por su cultura, que no podemos juzgarla desde los ojos de la nuestra. Que obviamos nuestra historia común, suponemos la suya y demás. 
Qué quieren que les diga. Admito que he vivido poco en ese país como para conocerlo a fondo, pero si  lo suficiente como para tener claro que hay una enorme y kilométrica distancia entre lo que supone la cultura como concepto y  lo que supone ser básicamente gilipollas. 
Y otra cosa. Desconfíen de los que se escudan detrás de las costumbres y se engalanan con los rituales para esconder su estupidez y analfabetismo. 

lunes, 23 de enero de 2012

¿Quién dijo idolatría?

Dicen las malas lenguas que tatuarse el nombre de Mustafá Kemal Atatürk en el antebrazo (sólo en el antebrazo) te sale gratis en algunas tiendas de tatuajes de Eskisehir. Una taza de absurdo, por favor.

lunes, 16 de enero de 2012

Días de hospital - 2

Este, queridos lectores, es Mr. Sander Vandenbosch, neerlandés de nacimiento y residente en Bélgica al que le ha dado por venirse hasta Eskisehir de erasmus

Admiren ese saber estar tan apacible característico de Bélgica

Me gustaría haber hecho otro tipo de entrada sobre este hombre, pero la historia que viene a continuación es tan estúpida que le tuve que dar prioridad.

Estaba este hombre de mirada sutil y discreta con un par de copas más de la cuenta encima cuando se resbaló, chocó contra una fotografía que había en una pared de su habitación y rompió el cristal. Como resultado tuvo varios cortes en su mano izquierda (atención, es zurdo), algunos de ellos lo suficientemente profundos que tuvo que recibir puntos. Todo esto a las tantas de la madrugada. Ya pueden imaginarse a la novia y al compañero de piso llevándolo en taxi hasta la clínica de la universidad.

La historia en sí comienza dos o tres semanas después del incidente: Sander volvió al hospital a que le quitasen los puntos. El médico que se los retiró debió de notar algo en su muñeca, porque lo envió a que le hiciesen una radiografía y a que lo viese el traumatólogo.
-¿Te duele si aprieto aquí?- le preguntó este mientras hacía presión sobre el antebrazo del chaval.
-Yes! Stop please!
El tipo siguió apretando, cada vez más fuerte, hasta que se oyó un enorme CRACK y el belga gritó de dolor.
-¿Tenías la muñeca rota?-le inquirió el traumatólogo como si no fuese importante.
-No.
-Pues ahora si. Espera que te vamos a poner un yeso.

fuck logic

Y colorín colorado, así es como se las gastan los médicos turcos.


miércoles, 11 de enero de 2012

Un montón de nieve del copón


Esta imagen la tomo Carol ayer desde el campus de la universidad. No se si lo recuerdan ustedes, queridos lectores, pero Eskisehir está en medio de la meseta anatólica y aquí es todo desierto; aquellas montañas que ven a lo lejos hace menos de dos semanas estaban absolutamente peladas.
Y es que nieva en la ciudad y a uno le da gusto ver todo blanco.
Yo ya no puedo esperar a ver lo bonito que quedará todo cuando las nieves se derritan y llegue la primavera. Ya tengo comprado el disfraz de Heidi.
Ayer de madrugada, a más de uno se le olvidó que tenía que estudiar para los exámenes y se apuntó a una macro guerra de bolas de nieve. Yo no, mamá: yo me quedé en el piso estudiando.



martes, 27 de diciembre de 2011

Cosas de pobres

Mi abuela dice que la ignorancia es muy atrevida y a veces es mejor estarse callado y esperar a saber un poco más antes de decir nada. Sí que tiene razón.

No hay nada como moverse para poder comparar lo que se ve con lo que se conoce -o se cree conocer- y así comprender mejor, calladito y en silencio, la vida. Cuando empecé este blog escribí que vivo en uno de los suburbios de Eskisehir. 
Ahora me doy cuento que yo solo vivo en otro barrio más. Que los suburbios son otra cosa.

Cuando hice el viaje para esquiar en el monte Uludag y nos acercábamos a Bursa, la ciudad que está al pie de esa montaña, la mole ambulante que era el autobús pasó por lo que creo que eran las afueras de la ciudad o tal vez un pueblo cercano.
Íbamos por una carretera secundaria llena de baches, perdida en el mapa e inundada en ciertos tramos, mientras afuera caía una llovizna incómoda gris y fría que empapaba a la gente que caminaba descuidada por ese camino. Yo miraba por la ventana observando aquel panorama y agradecí el piso y el barrio en el que vivo en Eskisehir.
Aquel era un lugar ocupado por colmenas de viviendas bajo las que no había pavimentación ninguna, solo mugre y una tierra tan árida que ni siquiera se mojaba, solo se estancaba de algo que parecía ser la mezcla del agua, del barro y de la mierda que había por todos lados. 
Aquel era un lugar poblado por gente que era tan pobre que los hijos seguramente no recibían de sus padres ni el dinero suficiente con el que comprar unos sprays a hurtadillas con los que hacer pintadas en las fachadas.
Aquel era un lugar donde de las chimeneas de las chavolas que habían al otro lado de la carretera -construidas con hojalata descoloridas y trozos de metal amontonados a modo de techo- salía un humo amarillo que me recordaba al que hacen los productos químicos al arder.
Eso sí eran suburbios. Por Dios.

En Estambul una vez Metin me dijo que no me hiciese una idea equivocada de la situación económica turca por lo privilegiada que era Eskisehir. En su momento pensé que decía de coña lo de privilegiada. Ahora veo que Turquía es un país pobre donde la clase media escasea y abundan los que tienen lo justo o menos para vivir.

Los estudios dicen que este país no ha parado de crecer desde que consiguió estabilizar su economía entre el 2001 y el 2002, que incluso es de los países que más están creciendo del mundo hoy en día. Espero que esto sea verdad y que siga así, pero joder...

Días de hospital - 1

Hace dos días me encontraba en un hospital turco esperando frente a la oficina del doctor de medicina interna y no era capaz de apartar la mirada de la enorme fila de gente que esperaba para entrar en el despacho del psiquiatra. 


En Turquía, como en España, medicamentos como el Prozac y algunos otros psicofármacos se venden sin receta en las farmacias y cualquiera puede automedicarse con el conocimiento médico de un mono. Yo no es que sepa mucho de medicina, pero no me parece de locos que acabarás loco si tomas medicinas para locos sin estar loco. 
No hay datos oficiales del índice de suicidios en este país, al menos no en español ni en inglés que yo haya encontrado en internet, pero creo que los metros que tiene una fila de personas que esperan a su cita con un psiquiatra puede llegar a ser lo suficientemente significativo a falta de cualquier otra estadística más fiable. Aunque sea, para intuir por dónde van los tiros, vaya.


funny gifs

No era la primera vez que iba a un hospital turco, pero no me es agradable nunca entrar en uno. No ya porque de por sí los hospitales sean incómodos y me huelan a agujas, alcohol medicinal y a enfermedad tapada con medicamentos y cremas, sino porque si eres un extranjero y no dominas del turco más que dos o tres cosas esenciales, llegar hasta el médico puede ser una pesadilla. 
Generalmente ellos saben hablar inglés, o al menos dominan lo suficiente como para poder entender dónde y cuánto te duele. El problema son los gerentes y los oficinistas, de los que dependes para poder llegar hasta ellos.

Había llegado hacía media hora. No era esperar demasiado, teniendo en cuenta que en España puedes pasar horas en la sala de espera. El problema había sido llegar; cuando entré en el recinto caminé hasta encontrarme frente a la oficinista de turno, a la que le pregunté "english?". Ella me miró, suspiró y llamó por teléfono mientras levantaba su dedo índice como diciendo "Un segundo, por favor". A cosa de los diez segundos la puerta que había al otro lado del pasillo se abrió y de ella salió un tipo que le gritó algo en turco.
A partir de ahí se sucedió un diálogo entre berridos entre el hombre en cuestión y la oficinista, de lo que pude deducir que hablaban de mí y que necesitaban un traductor. "Ve con él", me dijo la mujer al terminar.

Entré en el despacho del hombre y me preguntó qué me pasaba. Le conté que hacía una semana, entrenando kick boxing un chaval me había pegado una patada en las costillas y aún me dolía. Lo gracioso fue como el señor debió obviar las palabras kick boxing -tal vez juzgó que no eran importantes- y solo se fijó en que me palpaba con la mano la zona de la caja torácica y me preguntó "¿Quieres ir al dermatólogo? Te llevamos al dermatólogo". Ahí casi me reí por lo absurdo de la pregunta; "¿No sería mejor ir al traumatólogo, o algo por el estilo?" pregunté.
-¿Quieres ir al traumatólogo?
-No sé nada de medicina, pero supongo que es lo que necesito.

Me dijeron que fuera otra vez a la oficina, me pidieron mi Tarjeta de Identificación de estudiante y tuve que pagar una lira. Aquella fue seguramente la asistencia médica más barata de mi vida.
Me dijeron que esperase frente a la puerta número 3. Caminé hacia allí y leí "Dermatoloji-II". No es que sea un genio de la lingüística, pero no hay que ser muy perspicaz para entender lo que eso significaba y que evidentemente me habían enviado al lugar equivocado. Me empecé a reír otra vez y me encontré al tipo de antes en el pasillo. Lo curioso esta vez fue que el hombre me miró sorprendido, me cogió de la mano y me llevó a la puerta 5. "Dahiliye", ponía. Después supe que eso significaba medicina interna.
Yo ya ni me preocupé en preguntarme qué entendía ese hombre por puerta número 3. 

Mientras esperaba vi como al principio del pasillo había ni más ni menos que una enorme reproducción de la cabeza de Atatürk en la pared, mirando con esa mirada típica suya, sonriendo pero con la mirada triste. Personalmente creo que la adoración que practica la mayor parte de la población turca al ídolo en el que se ha convertido el padre fundador de la nación es, como mínimo, algo digno de estudio. Yo, que me meo río en todo este asunto de los iconos e ídolos, personalmente creo que raya lo enfermo. Al menos no me sorprende que haya tantas personas esperando al psiquiátra si llega a haber personas en este país que adoran a ese individuo tanto como a sus propios padres.

Junto a mí habían ancianos que esperaban su turno sentados. Quince minutos después el médico salió de su despacho disparado como una bala, con la mirada a medio camino entre la de Bruce Willis en la primera película de La jungla de cristal y la de Clint Eastwood en Por un puñado de dólares. Se plantó en medio del pasillo con las manos en la cintura, piernas bien abiertas y con una actitud como diciendo "¿A quién hay que salvar hoy, coño?". Me gustó esa mirada. No se la había visto nunca antes a ningún otro doctor.

En un segundo fue rodeado por media docena de ancianos ansiosos de que sus próstatas fueran revisadas. Aquello parecía obsceno, casi un bukkake medicinal, y el médico era el protagonista al que en lugar de caerle lo que en estos casos suele caerle en la cara a la gente, le llegaban formularios y papeles.
En medio de aquel maremagnum, el tipo me vio esperando en el otro lado del pasillo y me llamó con un gesto de cabeza. La gente se apartó y entré en el lugar cerrando la puerta. La verdad es que no sé en qué lugar me deja eso después de haber escrito lo del bukkake.

El caso es que entré en el despacho y mientras el doctor atendía a una llamada, me fijé en que tenía un cuadro del busto de Hipócrates, y debajo de él, el juramento. Tampoco había visto nunca a ningún médico que tuviese a Hipócrates en su despacho, aquello dignificaba bastante al señor.
El señor terminó la llamada y me preguntó como me llamaba. Moisés, le dije.
-¿Eh?
No sé que les pasa a los turcos con mi nombre, les parece impronunciable. Mūsa, dije, que es la traducción en árabe y que también utilizan los turcos.
-Aaah...- Y se rió.-¡ Mūsa !

Después de explicarle lo que me pasaba y de presionarme la costilla hasta que parecía que me iba a reventar me dijo que había que hacer una radiografía. Me llevó al lugar y para cuando me dí cuenta el hombre había desaparecido. Iba a preguntar a dónde se había largado pero en ese momento me cogieron y me pusieron de espaldas a una máquina, pim pam, y la radiografía estaba lista. Un hombre que hablaba algo de inglés en la sala me dio las placas y yo le dije que perdone, pero que a mí lo que me duele son las costillas, no la espalda.
-Vale, pero eso díselo al médico, yo soy técnico.

Volví al despacho del doctor y para cuando entré, el hombre sostuvo las radiografías mirándolas con interés. Estuvo un minuto en silencio y luego susurró para sí mismo "surgery...". Ahí ya me acojoné de verdad. Cirugía sí que no. Eso era igual a olvidarse del Erasmus.
El caso es que el hombre me miró luego y me dijo sonriendo "¿Sabes? Esta no es mi especialidad, vamos a preguntarle al especialista".
Aquello era llevar demasiado lejos el juramento hipocrático de ayudar a todo el que lo necesitase. Una hora y media dando vueltas por el hospital y ahora me decía que no era su especialidad. ¿Dónde estaba mi escopeta?

Al final acabé viendo al traumatólogo, dos horas y quince minutos después de haber entrado en el hospital. Costillas desplazadas, concluyó después de ver las radiografías durante dos segundos; crema, pastillas y nada de ejercicio en diez días. Punto y final.

Salí del hospital tomando la firme decisión de que a partir de ahora tomaría un Actimel cada día, cinco frutas, mucha verdura y sobre todo que nadie me volvería a dar una patada en las costillas nunca más. Estos hijos de puta no me volverán a pillar nunca más.

Y colorín colorado, esta locura se ha terminado.



sábado, 24 de diciembre de 2011

Así da gusto

Hoy una amiga me ha escrito lo siguiente en la red social:
"Turquía se convierte en el país del mundo con más periodistas encarcelados. Su número supera ya el centenar. El viernes, se decretó prisión para 36 periodistas arrestados el martes y puso en libertad con cargos a otros 7. Es una información de Efe
Hace 40 minutos
¡Feliz Navidad, Moisés!"

Pues nada, feliz nochebuena desde Turquía

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Lunes de bazar

En Eskisehir todos los lunes hay bazar. Eso significa que durante casi doce horas, miles de personas irán recorriendo una sola de las calles de la ciudad y los estudiantes universitarios nos pelearemos por kilos de verdura y fruta barata con codazos en la boca si hace falta. Y es que nadie juega con la comida del Tito Moi.


Es una avenida estrechísima donde se apilan puestos en cada acera y la gente camina como si fuese una manada de pingüinos y donde cualquiera que saque fotos será mirado por encima del hombro por tenderos y nativos, como pensando "será principiante".


El abusivo precio del alcohol en Turquía lo equilibra el insultantemente bajo coste de las verduras y frutas que se venden en estos puestos semanales. Aquí uno se puede hacer con tres kilos de pimientos verdes por menos de tres o cuatro liras, lo que equivale a entre 1,2 y 1,6 € ahora mismo. 
El problema de todo esto es que al ver que las verduras son tan baratas acabas determinando toda tu economía en base a las verduras que compras en el bazar para poder pagar los viajes y las fiestas. Pero cualquiera sabe que no se puede aguantar mucho sin comer carne, así que al final de cada semana te has dado algún capricho en algún restaurante tres o cuatro veces, y como resultado acabas gastando a lo tonto más de la mitad del presupuesto en comida.
Aunque parece que nosotros no somos los únicos a los que nos da por gastar alegremente. Al final del día, toda la verdura y fruta que sobre es arrojada a la calle sin pensarlo dos veces. Si uno pasea por la noche por esa misma calle verá a todos los perros y gatos callejeros luchando de verdad por la comida.



martes, 13 de diciembre de 2011

Lo primero que pensé fue "Me cago en Dios, ¿dónde me he metido?"



Elena y yo llegamos a Eskisehir a las tantas de la madrugada una noche cerrada que amenazaba con llover. Salimos del tren y nos vinieron a recoger gente del ESN que ni siquiera sabíamos que habían venido a por nosotros. De no haber sido por ellos habríamos dormido en la estación de tren aquel día, pero nos dejaron dormir en una habitación de su casa. Eso siempre se los agradeceré.
El caso es que yendo hacia el lugar de ellos, caminábamos por una típica calle de Eskisehir; la carretera llena de agujeros, montañas de arena para hacer la mezcla de cemento para una de los muchísimos edificios en construcción de por aquí, aceras destrozadas, perros callejeros deambulando en busca de algo que meterse en la boca o un sitio caliente donde echarse unas cuantas horas. Imagínense la primera impresión para alguien que iba a quedarse a vivir allí todo un año.
Mientras caminábamos empezamos a oír la llamada de la mezquita. Ahora sé que debían de ser las cerca de las cinco de la mañana, que es el primer rezo de la jornada. Era la primera vez en mi vida que oía esa llamada. Me detuve. 
No diré que me extasió la belleza porque eso es una gilipollez, pero si que me impresionó profundamente. Es raro vivir algo que sabes que existe y de lo que tienes noticia pero que nunca habías experimentado. Durante unos segundos te mueves entre la curiosidad, la decepción y la alegría de vivirlo finalmente.
Pero un segundo después empezamos a escuchar algo que ni Elena ni yo habíamos escuchado nunca. Un rugido ensordecedor, como si la mano de Dios hubiese empezado a cortar los cielos con unas tijeras y la noche se estuviese rajando por la mitad como una tela barata de color negro infinito. 
Miramos hacia arriba y vimos como dos cazas militares pasaban a toda velocidad sobre nuestras cabezas aullando.
Así que ahora imagínense, queridos lectores, cuál fue nuestra primera impresión; la llamada de la mezquita al rezo y los cazas militares mientras nosotros caminábamos por una calle a oscuras de madrugada al tiempo que un perro hambriento nos miraba desde la esquina. Espero que no crean que soy un loco cuando sepan que lo primero que pensé fue "Me cago en Dios, ¿dónde me he metido?".

Al día siguiente supimos lo de los campos de entrenamiento de aviación militar en Eskisehir, y eso nos tranquilizó. Ahora me acuerdo y me río. No sé para los demás, pero para mí Eskisehir fue durante los tres primeros días una ciudad amenazadora, pero que luego solo me dio alegrías. 
Siempre es curioso comparar el caos que sientes cuando llegas a un lugar desconocido con el orden con el que lo ves todo una vez que te habitúas a él, por muy descontrolado que acabe siendo al final.


lunes, 12 de diciembre de 2011

Sobre apachis, coyos y pavos reales

En España tenemos a los canis, a los malotes, a los coyos, a los poligoneros... En conclusión, a esa tribu urbana que ha ido creciendo más y más con los años o que simplemente siempre estuvo allí bajo diferentes nombres.
En Turquía tienen a los apachis. En este video podemos ver a Ozhan, uno de mis amigos turcos en Eskisehir (el que está bastante petado), que no se le ocurrió otra cosa mientras viajaba por los EEUU que ponerse a bailar a lo apachi en medio de Times Square. Por eso de difundir la cultura popular y demás. Atentos al Joker del video, es el equivalente al tipo de rojo en el video del Tito MC.


¿Soy yo o este baile discotequero turco se parece sospechosamente a la fiebre del Tecktonick que se vivió en París hace cuatro años?


Al final todo esto no es tan diferente de lo que uno puede ver en su momento en cualquier discoteca de Gran Canaria. Si no acuérdense queridos lectores canarios de nuestro querido Arody The Dry


Al final lo único que hacemos es inventar nuevas formas de enseñar las plumas.





lunes, 5 de diciembre de 2011

Guerra fría en Eskisehir

La comunidad erasmus en Eskisehir está en una situación de Guerra Fría; dos superpotencias luchan por el control mientras que un tercer mundo compuesto por diferentes naciones se comen los mocos porque nadie les da vela en el entierro.
Aquí las super-potencias son España y Polonia, cada uno con más o menos treinta representantes aquí. Menos mal que no vivimos en el mundo Marvel donde los países tienen super-heroes que lo representan; sería  incómodo verse al capitán España paseándose solo y en mallas por Eskisehir, renegado de los propios españoles porque pensaríamos que sería facha.
Del sargento Vodka mejor ni hablo.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Pisando terreno resbaladizo


Muchos de los turcos que he conocido hasta ahora son creyentes (“believers” se llaman a sí mismos en inglés). Muchos tienen una concepción deística de Alá, en la que reconocen su existencia y acuden a él cuando tienen problemas, pero no creen necesario adorarle las 5 veces al día que manda el Corán.
Cuando digo que soy ateo muchos dicen que sienten lástima por mí, igual que al resto de Erasmus ateos, pero una pena ínfima, como si nos hubiésemos levantado la costra de una herida demasiado grande. Otros no dicen nada o simplemente dicen “lo respeto”. La inmensa mayoría jamás te sacará el tema.
Nadie está aquí para convencer a nadie, al menos eso parece ser por ahora. A ninguno nos interesa lo más mínimo en el hombro de quién o qué nos abrazamos cada cuál en las noches de tormenta.
Sin embargo hace unas semanas empecé a discutir del tema con uno de mis mejores amigos turcos, alguien que aún saliendo de fiesta, encantándole el hecho de beber alcohol y acostarse con todas las mujeres que puede, tiene la seguridad de que en unos pocos años acabará sentando la cabeza y convirtiéndose en un musulmán responsable. Y eso empezará cuando peregrine a La Meca, me dijo en su momento.
Fue en esa discusión cuando por primera vez intuí realmente lo que significa la tolerancia; cuando él me expuso unas ideas que yo no comparto -por no decir algo más fuerte-, y yo valoré que para mí era más importante su amistad que nuestras diferencias conceptuales y decidí callarme, sin asentir pero tampoco sin afirmar; dejar que él terminase de hablar y luego cambiar de tema.
Me consuela pensar que al final lo único que importa son los actos personales y no las creencias, aunque también sé que me engaño a mí mismo al no meter a las motivaciones dentro de la ecuación.
Digamos que es un dilema que dejaré en el limbo de mi conciencia moral quedándome quieto hasta que las cosas se solucionen por sí solas, por cobarde que eso pueda sonar. Solo tengo una cosa clara; no perderé ningún amigo por culpa de ningún dios si eso está en mi mano.



lunes, 28 de noviembre de 2011

Excalibur

Cuando se llega de Erasmus a donde sea, uno empieza por hacer cosas obvias. Una de ellas es pillarse un movil-cascotrón prehistórico autóctono para poder comunicarse con la gente de ahí. Aunque siempre están los ricos que se compran iPhones y cosas así. Por supuesto ese es el tipo de erasmus con los que no te quieres relacionar. Ellos no saben apreciar la fina belleza de lo vintage, aderezado con el recuerdo de la infancia.


Este es el mío. Yo lo llamo Excalibur y tiene una aplicación que Steve Jobs nunca podría haber creado por mucho que se esforzase; ayudar a la defensa del usuario.
Y es que algunos callejones oscuros de Eskisehir pueden llegar a convertirse en lugares muy peligrosos para pobres erasmus como yo, y como traer una navaja de Albacete sale cara (a ver si la gente que lee el blog pilla la broma), nada mejor que un arma indestructible que lanzar acertadamente al entrecejo de tus atacantes.

domingo, 27 de noviembre de 2011

La tumba del Rey Midas sin Santa Sabiduría

Hace ya algo más de una semanita un par de erasmus nos fuimos en una visita exprés organizada por el ESN (una organización sin ánimo de lucro que quiere desarrollar la integración de los estudiantes de intercambio) a ver ni más ni menos que la tumba del Rey Midas, aquel del que decía la leyenda que todo lo que tocaba se convertía en oro.

Esto era lo que nos prometía internet y las guías de viaje; la entrada al falso templo de la tumba, con la fachada esculpida en roca madre con bajorrelieves frigios y hasta detalles de escritura cuneiforme bien conservados.


Y esto fue lo que vimos. Un par de troncos que tapaban todo.


Obviamente la están restaurando. Sin embargo mi parte más cínica no se puede dejar de preguntar cómo será el resultado final, teniendo en cuenta que estamos en un país cuyo monumento más universal, Santa Sofía, a pesar de ser Patrimonio Histórico de la Humanidad y de terminar de haber sido restaurada el año pasado después de 17 años de obras ahora solo consigue dar pena -después, por supuesto, del estupor inicial que uno siente al entrar por primera vez en ese lugar siempre soñado- al ver las pinturas de las paredes a medio caer o a los gatos callejeros lamiéndose su cipote en medio del Omphalion, el lugar sagrado donde se coronaba a los emperadores.

Pero bueno, esperemos a ver. Aunque el detalle de que no hubiese guardias de seguridad cerca que nos impidiesen haber subido hasta arriba del todo, como efectivamente hicimos, no me dice mucho a favor del resultado final.
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A pesar de esto, de que la visita fue tremendamente rápida, de que no entramos en el museo que estaba solo a unos metros de distancia (aunque sospecho que no nos perdimos demasiado; todo lo que encontraron está ahora en el Museo de las Civilizaciones de Ankara), de que pudimos escalar ruinas antiguas (!!) -lugares donde antes otros habían usado como despensas, casas o incluso templos- y de que no había ni un triste guía que pudiese explicarnos nada sobre la tumba levantada en honor a uno de los reyes más poderosos de la Antigüedad,  la visita estuvo genial. Si lo que uno buscaba era un día en el monte y no una visita cultural.

Al menos nos lo pasamos bien, fue un paseo precioso, con un paisaje que te invitaba a alejarte un ratito del resto, sentarte y escuchar el silencio, que parece mentira lo mucho que podías echarlo de menos.


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Por cierto, que Santa Sofía está dedicada ni a más ni menos que a la mismísima Santa Sabiduría, para los que no saben de griego básico. Supongo que es otra de las ironías de la vida que uno encuentra en Turquía; algo a lo que se ha dedicado tanto ahora esté en tan mal estado. 

martes, 22 de noviembre de 2011

Taxis a tutiplen




¿Perdido en medio de la ciudad y sin saber cómo volver? Sin problemas. Sólo hace falta encontrar uno de estos, pulsar el botón y un taxi (Taksi) vendrá a buscarte al punto exacto donde está. Un sistema genial.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Esto con los otomanos no pasaba


Una de las escena más típicas en las calles que están cerca de mi piso es una que cualquiera se podría encontrar paseando por cualquier pueblo español; ancianos sentados toda la mañana fuera de algún bar –generalmente viejo, el típico bar o café de toda la vida- y bebiendo té negro (çay en turco) y fumando un cigarrillo (sigara) detrás de otro y hablando de sabe Dios. O Alá. Perdón.
Aquí a este tipo de cafés los llaman Kahve  o Kiraathane.

Esto es lo que hasta ahora he visto que representa la Turquía más antigua y conservadora. El primer día que Elena y yo salimos a pasear por la ciudad y pasamos frente a uno de esos cafés, todos esos señores la devoraron con una mirada de reproche mudo. Por desgracia este tipo de actitudes  no es distinto del de cualquier grupo de jubilados sentados en la terraza de cualquier bar español al pasar una chica en minifalda.

Este mural lo encontré en la entrada de un bar de Eskisehir, así que la escena lleva siendo tradición desde hará un par cientos de años, al menos desde el imperio otomano.

lunes, 31 de octubre de 2011

Zapatos en la entrada


En las casas de turcos en las que he entrado hasta ahora para pasar adentro me he tenido que quitar los zapatos, igual que hacen los japoneses. Las calles están muy sucias y los turcos no quieren ensuciar innecesariamente sus casas. Durante la primera semana no tenía la menor idea de por qué hacían esto, y me sentí un poco sorprendido: aquel pequeño gesto me enseñó que entre lo que piensan y lo que creen ellos en común y lo que conozco yo a su vez de ellos hay un abismo cultural inmenso, pero que estoy decidido a recorrer en el tiempo que esté aquí. Para algo me vine.