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viernes, 1 de junio de 2012

Sobre cómo violar el legado histórico

Estos de aquí son algunos de los Erasmus que fueron a Olympos hace un par de días. Podrían haberse limitado a la visita cultural y playera de turno, con eventual borrachera. Pero no. Decidieron hacer el gilipollas. 


Aunque tal vez solo sea que tengo un poco de envidia y que esté tan despechado porque no fui con ellos, por falta de pasta y planes alternativos. Pero quien sabe. Me siento mejor llamándolos gilipollas. Gilipollas.


domingo, 27 de mayo de 2012

Añoro hacer spam

Terminé el libro sobre el Erasmus hace algo más de un mes, y después de corregirlo, de pedir críticas y de recibir puñaladas constructivas tales como "me sangran los ojos después de haber leído la pesadilla ortográfica que parece que has vomitado" o "Moi, querido, te has vuelto un sentimental de mierda", solo queda un tener permiso de una persona más y podré publicarlo. 
El caso es que le he pillado el gustito a esto de teclear, y para ser sincero echaba de menos hacer spam. Aunque la verdadera razón es que me quedan solo un par de días en esta ciudad y se me rompe el corazón pensar todo lo que va a acabar una vez que tome el avión para España.
Pero no quiero ponerme nostálgico antes de tiempo: quiero agradecer lo que tengo ahora mismo, y quiero hacerlo a través de este blog a esas personas que me han dado lo que tengo y lo que siento. Por tanto declaro el inicio de la última temporada de este blog. Espero que sea intensa. Que sea buena no me importa tanto, al fin y al cabo daré por culo insistiré para que me lean y así sentirme el puto amo en verso querido.
Así que, queridos lectores, agárrense a sus cuentas de Facebook. El yonki del spam ha vuelto, y tiene mucho mono.

Maravillaros, lectores, ante mi portentoso dominio del Paint.

viernes, 16 de marzo de 2012

K.O. por ideología

No hay manera. En lugar de acostumbrarme, cada día me sorprenden más los puñetazos verbales de los turcos, que aparecen cuando nadie se los espera. Son unas frases tan impactantes como un directo bien conectado en la punta de la nariz y que sin embargo estos tipos sueltan como quien dice buenos días. 
Pero lo mejor viene luego, cuando se quedan callados mirándote a los ojos mientras esperan tu reacción con una sonrisita en la cara. Aunque ni siquiera ellos mismos lo admitan. Casi parece que quieren un motivo para poder demostrar ante cualquier hijo de vecino que pase por casualidad por el lugar lo consolidada que están sus convicciones.

Hoy, sin ir más lejos, en clase de turco, nuestra profesora nos enseñaba como conjugar verbos y empezó a buscar fotos cuando de repente dijo "Este es mi amor."
Ya está -pensé- nos va a enseñar la foto de su novio.
"Este es el amor de los turcos."
Oh Dios, ya sabía por dónde estaba yendo esto. No lo hagas, no, no lo...
Y entonces la chica cogió una foto enorme de Atatürk y nos la enseñó por web-cam. Parecía que el Padre de los Turcos nos analizaba el alma con su particular mirada bipolar desde el otro lado de la pantalla, como si nos preguntase ¿habéis sido buenos este año?
"Este es nuestro héroe".
Joder profesora. ¿Así? ¿Sin un besito antes para avisar?

 

Miren ustedes. A lo mejor simplemente soy yo, que la adoración sin reservas a cualquier ídolo o idea siempre me parece dogmática, extremista (y lo que es peor, potencialmente peligrosa), pero no puedo evitar quedarte noqueado durante unos segundos, mirando al tipo o tipa en cuestión (esta profesora es la última de una serie de desdichadas muestras de amor patrio) con la boca abierta y cerrándola justo cuando la gotita de saliva empieza a caer. 
Me pasa lo mismo si veo a cualquier comunista con un Che tatuado en su pecho, o en el momento en el que a las madres de los palestinos muertos durante alguna escaramuza se les llena el pecho de orgullo cuando nombran a sus hijos mártires o simplemente cuando cualquiera que ha ido algún domingo a misa cree bueno para su Currículum espiritual hacerme ver que necesito salvar mi alma volviendo a abrazar al Señor Todopoderoso de gorra D&G triangular.

Dentro de lo que cabe, a pesar de no compartirla soy respetuoso con cualquier creencia -esto es, callar como una puta cuando alguien dice algo sobre el tema y no me ha pedido mi opinión- si esta no implica hacer daño a nadie. Lo que me revienta las pelotas es que alguien crea necesario que yo me una a tal o cual causa. Que piensen que yo vivo en las sombras. Que crean estoy esperando a que algún buen samaritano me traiga hacia la luz. Que crean que lo necesito.

No se si me entenderán, pero esto no me parece diferente del hecho de ir caminando por la calle y que en un segundo algún histérico en bolas me abrace y me de besos en la cara, gritando de placer. Es una violación de mi intimidad psicológica e ideológica. Y lo que es peor, creyendo que lo hacen por mi Bien, cuando posiblemente nadie sepa a ciencia cierta cuál es ni tan siquiera su propio Bien.

Y ahora, si me disculpan, me voy a colonizar tierras turcas para Gloria de la Bandera Española y Goldman Sachs.

jueves, 2 de febrero de 2012

La pasión turca

La pasión turca es un eufemismo. Mejor sería llamarla la obsesión turca. O la enfermedad turca. Pero entonces al bueno de Gala el título de su novela no le habría quedado tan redondo. 

Una de las primeras noches que estuvimos en Turquía, Elena y yo volvíamos de fiesta de madrugada cuando el rugido del motor de un coche que en aquellos momentos estaba cruzando a toda velocidad la calle se detuvo en seco, derrapando y quemando la goma de los neumáticos. Todo esto justo a nuestra altura. Yo miré y vi que dentro de él habían tres personas que nos observaban. Absolutamente en silencio. El coche estuvo al relentí, siguiendo nuestros pasos durante uno de los cinco metros más tensos de mi vida. 
Después los del coche dijeron algo en turco y aceleraron. Yo vi como se perdían por los callejones de la ciudad. Esto es algo que les ha pasado a la gran mayoría de las chicas que hay por esta ciudad. Y para las turcas es usual sucesos como este. 

En otra ocasión una chica española iba a su casa de noche después de salir de un bar cuando notó que un chico la perseguía por la calle, unos metros por detrás . Cuando ella entró en su piso, alguien empezó a tocar en el telefonillo. La chica no abrío. Miró por la ventana escondiéndose entre las sortinas y vio que era el mismo tipo, que la miraba desde la calle. El personaje siguió así más o menos media hora, y al final se fue.

Un grupo de turcos que conocemos -y al que a pesar de que nadie les invita a veces suelen acabar en nuestras fiestas-, por norma general se suelen dedicar a emborracharse y a sobar a las chicas, y a los que un "no", por determinante y serio que se diga, no les dice nada. En nuestra última fiesta tuvimos que echar a uno fuera de la casa.

En otra ocasión, otra chica esperaba para recoger su abrigo dentro de una pequeña marabunta de personas que se iba moviendo poco a poco hacia el guardarropa de una discoteca. En algún momento anónimo, alguien le tocó el culo. Pero no fue la típica nalgada desconocida y fugaz. No. Le estrujó la retaguardia y mantuvo la mano ahí. La chica apartó la mano de una bofetada sin reconocer de quién era. Cuando se dio la vuelta, la mano volvió otra vez. Ella la apartó de un golpe pero la mano regresaba una y otra vez. 
La chica cogió su chaqueta y salió de la discoteca temblando de miedo y de rabia. Nunca supimos quien fue. Ella siempre dice que es la primera vez que se vio cosificada. Reducida sin haberlo querido solo a un culo por un estúpido a quien ni siquiera le había visto la cara.

Las chicas turcas no suelen volver a su casa solas si ésta quedaba lejos y era tarde. Al principio de mi erasmus esto me sorprendía. Pensaba que la cultura del país les hacía creerse -independientemente de si lo son o no- indefensas. Pero ahora comprendo que habiéndose criado en un lugar en el que sabes que van a violar tan impunemente y sin remordimiento tu espacio personal, y para lo que prácticamente no puedes hacer nada a no ser que vayas acompañada, al final solo las realmente fuertes siguen indiferentes ante eso, y las que tienen más miedo crean ese sentimiento de necesidad de compañía.

A mí personalmente me da ganas de vomitar. Todo esto desgraciadamente no son sucesos aislados en el espacio y el tiempo, sino que constituyen una de las constantes más tristes y patéticas de este país. Y me he dejado muchas cosas por teclear. Se lo aseguro.

Quiero pensar que estoy haciendo mal, que no tengo que aplicar a todo un país el comportamiento de una docena de tipos a los que los cojones les queman dentro de los pantalones. Que generalizar es uno de los mayores pecados a la hora de escribir. Pero todos mis amigos, compañeros y gente extranjera que he conocido viajando por el país -muy diferentes unos de otros- han tenido esas mismas experiencias a lo largo de toda la nación. Eso me hace pensar que ya no es algo puntual.

Algunas personas me han dicho que es por su cultura, que no podemos juzgarla desde los ojos de la nuestra. Que obviamos nuestra historia común, suponemos la suya y demás. 
Qué quieren que les diga. Admito que he vivido poco en ese país como para conocerlo a fondo, pero si  lo suficiente como para tener claro que hay una enorme y kilométrica distancia entre lo que supone la cultura como concepto y  lo que supone ser básicamente gilipollas. 
Y otra cosa. Desconfíen de los que se escudan detrás de las costumbres y se engalanan con los rituales para esconder su estupidez y analfabetismo. 

sábado, 28 de enero de 2012

El Tito Moi tiene una visión del Dios del Kebab en el aeropuerto de Atatürk

Hoy voy a coger un avión a Las Palmas. Hace casi medio año que no la piso. Se dice pronto.
El caso. Estoy en el aeropuerto de Atatürk y llevo seis horazas tirando del wifi gratis que hay por aquí y dando vueltas por wikipedia, blogs, facebook y portales de humor, mientras tengo la batería de mi portatil conectada a uno de los dos únicos enchufes disponibles del aeropuerto. 
Ese enchufe que precisamente está justo al lado de la pesa de las maletas que dice a sus pasajeros si a su equipaje le sobran kilos o no.

Así que ya me ven, queridos lectores. Estoy lo que ahora se dice On fayer, rodeado por mi carrito de metal y mi mochila, con todo el suelo lleno de migas de un bocata kilométrico que me he comido yo solo y (Oh Santa Madonna, ahora me doy cuenta) descojonándome-casi-gritando por los vídeos de youtube que miraba mientras la gente levanta con cara de sufrimiento sus enormes maletones.
A veces me siento como que estoy en medio. No sé. Como que molesto. 
Llamémoslo X.

Como no tengo otra cosa mejor que hacer, pensaba hacer una valoración de estos meses que he pasado aquí, pero lo pensé mejor, y como no suelo hacer entradas largas y hay tantas cosas que tendría que incluir en esa valoración pero que no me puedo dar el permiso a mí mismo de escribir, el asunto quedaría cojo. Así que mejor pongo una anécdota que simbolice todos estos meses y que el Dios del Kebab nos pille confesados.

Hace una hora, cuando no había nadie en el aeropuerto, dos trabajadores de la tienda de regalos del aeropuerto cogieron sus pistolitas de láser que leen los códigos de barras y empezaron a jugar a la jodida Guerra del Vietnam, haciendo los efectos sonoros y hasta stop motion. 

Yo sólo pude rezar al Dios del Kebab para que me salvara, pero el sólo me respondió "Buyrum Byrum".


El Dios del Kebab ¿lo pillan? En realidad solo quería meter esta imagen en el blog, pero no se me ocurría ninguna razón de peso y me puse a escribir hasta que saliera algo. 
Ahora ya han leído. 
Ya estoy dentro de sus cabezas. Dentro de ustedes.
Se podría decir incluso que les he violado mentalmente y ustedes no se han dado cuenta. Aunque sinceramente no sé hasta qué punto eso habla bien de mi habilidad persuasiva y mal de mi condición viril.

No me juzguen, por favor.

lunes, 23 de enero de 2012

¿Quién dijo idolatría?

Dicen las malas lenguas que tatuarse el nombre de Mustafá Kemal Atatürk en el antebrazo (sólo en el antebrazo) te sale gratis en algunas tiendas de tatuajes de Eskisehir. Una taza de absurdo, por favor.

martes, 17 de enero de 2012

Porque homenajear siempre está de moda

Hace ya unos días nos enteramos de que Fraga había muerto. Y al día siguiente vamos a la universidad y nada más entrar en el campus vemos que todas las banderas turcas están a media hasta.


No puede ser, pienso. Los largos dedos de Fraga no pueden llegar hasta Turquía. Siempre pensé que el límite de su poder se encontraba en la playa de Palomares. Así que puse en práctica lo que la USC me ha enseñado, y a base de preguntar un poco por ahí me cuentan que no, que Fraga no tuvo nunca nada que ver con la Operación Atila, los Lobos Grises, Atatürk o ninguno de los partidos que pululan bajo la bandera de color de sangre. Por no tener influencia aquí, no tiene ni una triste calle con su nombre, al menos hasta dónde yo sé.

En realidad, quien ha muerto ha sido Rauf Denktaş. Bueno, siendo más exactos la bandera se bajó en honor a él y alguien que falleció trágicamente haciendo esquí, pero qué quieren que les diga, me parece más interesante hablar del primero. Será también porque mis sentidos cínicos que dicen que las banderas de la universidad no bajarían hasta el medio palo por un esquiador. 

Para los que no tengan idea de quien es este señor, les recomiendo darse una vuelta por el artículo de Wikipedia de la República Turca del Norte de Chipre . Leer es gratis.
El caso es que este hombre fundó un país que aún a día de hoy solo es reconocido en todo el mundo por una sola nación (adivinen cuál), y se auto-nombró presidente del lugar en 1983 hasta el 2005 -aunque para ser honestos, comparado con Fraga no tiene ni media hostia-. Las malas lenguas dicen que más de un periodista murió al criticar su administración, las muy malas lenguas y menos educadas dicen que lo hizo un grupo paramilitar neo-fascista ultra-nacionalista pro-islámico (repóker de gilipolleces) llamado Lobos Grises, y en los callejones más oscuros y sucios de Turquía dicen que él lo ordenó. Pero no le hagan mucho caso a esas lenguas: no saben lo que dicen.

Lo que sí se sabe es que al menos él si que fundó, con ayuda de otros, otro grupito paramilitar de estos que usas más durante el día a día, más de andar por casa y tal, con menos neos, ultras y pros. Más cercano al pueblo.

Pero no quiero contarles el fin de la historia, lean, lean, y si pueden, den una vuelta por algunos artículos relacionados, y si encuentran algo interesante me lo comentan.
Y de paso me dicen qué les parece un país que homenajea a este tipo de señores.


lunes, 16 de enero de 2012

Días de hospital - 2

Este, queridos lectores, es Mr. Sander Vandenbosch, neerlandés de nacimiento y residente en Bélgica al que le ha dado por venirse hasta Eskisehir de erasmus

Admiren ese saber estar tan apacible característico de Bélgica

Me gustaría haber hecho otro tipo de entrada sobre este hombre, pero la historia que viene a continuación es tan estúpida que le tuve que dar prioridad.

Estaba este hombre de mirada sutil y discreta con un par de copas más de la cuenta encima cuando se resbaló, chocó contra una fotografía que había en una pared de su habitación y rompió el cristal. Como resultado tuvo varios cortes en su mano izquierda (atención, es zurdo), algunos de ellos lo suficientemente profundos que tuvo que recibir puntos. Todo esto a las tantas de la madrugada. Ya pueden imaginarse a la novia y al compañero de piso llevándolo en taxi hasta la clínica de la universidad.

La historia en sí comienza dos o tres semanas después del incidente: Sander volvió al hospital a que le quitasen los puntos. El médico que se los retiró debió de notar algo en su muñeca, porque lo envió a que le hiciesen una radiografía y a que lo viese el traumatólogo.
-¿Te duele si aprieto aquí?- le preguntó este mientras hacía presión sobre el antebrazo del chaval.
-Yes! Stop please!
El tipo siguió apretando, cada vez más fuerte, hasta que se oyó un enorme CRACK y el belga gritó de dolor.
-¿Tenías la muñeca rota?-le inquirió el traumatólogo como si no fuese importante.
-No.
-Pues ahora si. Espera que te vamos a poner un yeso.

fuck logic

Y colorín colorado, así es como se las gastan los médicos turcos.


lunes, 9 de enero de 2012

Cuando de tan gilipollas que eres, ni haces gracia

Escribo esta entrada rompiendo con la promesa de la publicación anterior porque cuando escuché la historia que viene a continuación, me pareció tan significativa de esa parte rancia y casposa que comparten todos los países, -que bien podría ocurrir en España como en Turquía- que solo pude pensar "esto va para el blog". Aunque admito que en España ya es más dificil de ver este tipo de cosas, gracias al Cielo.

La anécdota empieza así. A Malva, una chica de Granada que está de erasmus aquí en Eskisehir, le vino a visitar su prima. Ella vive con otra chica más, así que eran tres chicas viviendo en un pisito de estos en los que tienes que ir con los hombros encogidos para poder caminar por él.
El caso es que una tarde, estaban las chicas haciendo lo que hacen las chicas cuando están solas (a mi no me pregunten el qué: para mí esas cosas son como la ley del campo unificado, cosas que yo no viviré para poder saber), cuando desde el bloque de enfrente alguien le tiró una enorme piedra a su ventana.
Malva me contaría al día siguiente que el golpe fue tan grande que ella pensó que había sido un pájaro que había chocado. Ella, la prima y la compañera de piso se asomaron y vieron que era ni más ni menos que un turco ya bastante entrado en años que empezó a gritarles como si no hubiera mañana. En turco obviamente. Así que ni Malva ni la prima entendieron nada.
Pero la vecina sí que entendía, vive Dios si entendió.
La chica le empezó a gritar al hombre y a su vez ese tipo respondía, y así estuvieron sus buenos minutos, gritándo algo incomprensible para las dos españolas, que solo podían mirar hasta que la chica hiciese de traductora en algún momento. En un momento el hombre exigió que bajasen las tres o llamaría a la policía. Ante eso ya no podían hacer nada y la vecina -previsora-, bajó con Malva, la prima y otro vecino, por si acaso.
El tipo estaba esperando en la puerta y se puso de nuevo a gritar a la turca mientras señalaba a las dos españolas lleno de furia como si les diese asco y escupiendo mientras hablaba. La policía acabó llegando y el hombre empezó a explicar la situación, como diciendo, "esto es cosa de hombres". La cosa de hombres acabó en una versión en la que el machotón, entre otras cosas, solo había tirado una moneda a la ventana, y les había pedido educadamente que bajasen.
Pues vaya.

Imagínense, queridos lectores, cómo debía de ser la cara de Malva y su prima, que no entendían una mierda de lo que estaba pasando. Y para darle un toque más absurdo -¡Cómo no! ¡Esto es Turquía! ¡Alegría!- a la situación la policía se había personado frente a la puerta y aún así nadie les explicaba nada a ellas, quienes eran, obviamente, el objeto de discusión.
Al final, el hombre terminó de discutir y volvió a entrar en su casa, la policía se fue y las dos chicas se quedaron mirando a la compañera de piso turca esperando por una traducción.

Resulta que dentro del cerebro de ese personaje se gestó la brillante deducción de: tres chicas viviendo solas en un piso igual a lesbianas.
Y nada, que al señor le parecía inmoral aquella degeneración y que no quería que su hijo, cuya habitación estaba frente a su piso, viese ese tipo de conductas anormales e indecentes.

Ya se pueden imaginar ustedes, queridos lectores, cómo se debió quedar la buena de Malva y su prima.

Pues nada. Que gilipollas hay en todas partes.



martes, 27 de diciembre de 2011

Días de hospital - 1

Hace dos días me encontraba en un hospital turco esperando frente a la oficina del doctor de medicina interna y no era capaz de apartar la mirada de la enorme fila de gente que esperaba para entrar en el despacho del psiquiatra. 


En Turquía, como en España, medicamentos como el Prozac y algunos otros psicofármacos se venden sin receta en las farmacias y cualquiera puede automedicarse con el conocimiento médico de un mono. Yo no es que sepa mucho de medicina, pero no me parece de locos que acabarás loco si tomas medicinas para locos sin estar loco. 
No hay datos oficiales del índice de suicidios en este país, al menos no en español ni en inglés que yo haya encontrado en internet, pero creo que los metros que tiene una fila de personas que esperan a su cita con un psiquiatra puede llegar a ser lo suficientemente significativo a falta de cualquier otra estadística más fiable. Aunque sea, para intuir por dónde van los tiros, vaya.


funny gifs

No era la primera vez que iba a un hospital turco, pero no me es agradable nunca entrar en uno. No ya porque de por sí los hospitales sean incómodos y me huelan a agujas, alcohol medicinal y a enfermedad tapada con medicamentos y cremas, sino porque si eres un extranjero y no dominas del turco más que dos o tres cosas esenciales, llegar hasta el médico puede ser una pesadilla. 
Generalmente ellos saben hablar inglés, o al menos dominan lo suficiente como para poder entender dónde y cuánto te duele. El problema son los gerentes y los oficinistas, de los que dependes para poder llegar hasta ellos.

Había llegado hacía media hora. No era esperar demasiado, teniendo en cuenta que en España puedes pasar horas en la sala de espera. El problema había sido llegar; cuando entré en el recinto caminé hasta encontrarme frente a la oficinista de turno, a la que le pregunté "english?". Ella me miró, suspiró y llamó por teléfono mientras levantaba su dedo índice como diciendo "Un segundo, por favor". A cosa de los diez segundos la puerta que había al otro lado del pasillo se abrió y de ella salió un tipo que le gritó algo en turco.
A partir de ahí se sucedió un diálogo entre berridos entre el hombre en cuestión y la oficinista, de lo que pude deducir que hablaban de mí y que necesitaban un traductor. "Ve con él", me dijo la mujer al terminar.

Entré en el despacho del hombre y me preguntó qué me pasaba. Le conté que hacía una semana, entrenando kick boxing un chaval me había pegado una patada en las costillas y aún me dolía. Lo gracioso fue como el señor debió obviar las palabras kick boxing -tal vez juzgó que no eran importantes- y solo se fijó en que me palpaba con la mano la zona de la caja torácica y me preguntó "¿Quieres ir al dermatólogo? Te llevamos al dermatólogo". Ahí casi me reí por lo absurdo de la pregunta; "¿No sería mejor ir al traumatólogo, o algo por el estilo?" pregunté.
-¿Quieres ir al traumatólogo?
-No sé nada de medicina, pero supongo que es lo que necesito.

Me dijeron que fuera otra vez a la oficina, me pidieron mi Tarjeta de Identificación de estudiante y tuve que pagar una lira. Aquella fue seguramente la asistencia médica más barata de mi vida.
Me dijeron que esperase frente a la puerta número 3. Caminé hacia allí y leí "Dermatoloji-II". No es que sea un genio de la lingüística, pero no hay que ser muy perspicaz para entender lo que eso significaba y que evidentemente me habían enviado al lugar equivocado. Me empecé a reír otra vez y me encontré al tipo de antes en el pasillo. Lo curioso esta vez fue que el hombre me miró sorprendido, me cogió de la mano y me llevó a la puerta 5. "Dahiliye", ponía. Después supe que eso significaba medicina interna.
Yo ya ni me preocupé en preguntarme qué entendía ese hombre por puerta número 3. 

Mientras esperaba vi como al principio del pasillo había ni más ni menos que una enorme reproducción de la cabeza de Atatürk en la pared, mirando con esa mirada típica suya, sonriendo pero con la mirada triste. Personalmente creo que la adoración que practica la mayor parte de la población turca al ídolo en el que se ha convertido el padre fundador de la nación es, como mínimo, algo digno de estudio. Yo, que me meo río en todo este asunto de los iconos e ídolos, personalmente creo que raya lo enfermo. Al menos no me sorprende que haya tantas personas esperando al psiquiátra si llega a haber personas en este país que adoran a ese individuo tanto como a sus propios padres.

Junto a mí habían ancianos que esperaban su turno sentados. Quince minutos después el médico salió de su despacho disparado como una bala, con la mirada a medio camino entre la de Bruce Willis en la primera película de La jungla de cristal y la de Clint Eastwood en Por un puñado de dólares. Se plantó en medio del pasillo con las manos en la cintura, piernas bien abiertas y con una actitud como diciendo "¿A quién hay que salvar hoy, coño?". Me gustó esa mirada. No se la había visto nunca antes a ningún otro doctor.

En un segundo fue rodeado por media docena de ancianos ansiosos de que sus próstatas fueran revisadas. Aquello parecía obsceno, casi un bukkake medicinal, y el médico era el protagonista al que en lugar de caerle lo que en estos casos suele caerle en la cara a la gente, le llegaban formularios y papeles.
En medio de aquel maremagnum, el tipo me vio esperando en el otro lado del pasillo y me llamó con un gesto de cabeza. La gente se apartó y entré en el lugar cerrando la puerta. La verdad es que no sé en qué lugar me deja eso después de haber escrito lo del bukkake.

El caso es que entré en el despacho y mientras el doctor atendía a una llamada, me fijé en que tenía un cuadro del busto de Hipócrates, y debajo de él, el juramento. Tampoco había visto nunca a ningún médico que tuviese a Hipócrates en su despacho, aquello dignificaba bastante al señor.
El señor terminó la llamada y me preguntó como me llamaba. Moisés, le dije.
-¿Eh?
No sé que les pasa a los turcos con mi nombre, les parece impronunciable. Mūsa, dije, que es la traducción en árabe y que también utilizan los turcos.
-Aaah...- Y se rió.-¡ Mūsa !

Después de explicarle lo que me pasaba y de presionarme la costilla hasta que parecía que me iba a reventar me dijo que había que hacer una radiografía. Me llevó al lugar y para cuando me dí cuenta el hombre había desaparecido. Iba a preguntar a dónde se había largado pero en ese momento me cogieron y me pusieron de espaldas a una máquina, pim pam, y la radiografía estaba lista. Un hombre que hablaba algo de inglés en la sala me dio las placas y yo le dije que perdone, pero que a mí lo que me duele son las costillas, no la espalda.
-Vale, pero eso díselo al médico, yo soy técnico.

Volví al despacho del doctor y para cuando entré, el hombre sostuvo las radiografías mirándolas con interés. Estuvo un minuto en silencio y luego susurró para sí mismo "surgery...". Ahí ya me acojoné de verdad. Cirugía sí que no. Eso era igual a olvidarse del Erasmus.
El caso es que el hombre me miró luego y me dijo sonriendo "¿Sabes? Esta no es mi especialidad, vamos a preguntarle al especialista".
Aquello era llevar demasiado lejos el juramento hipocrático de ayudar a todo el que lo necesitase. Una hora y media dando vueltas por el hospital y ahora me decía que no era su especialidad. ¿Dónde estaba mi escopeta?

Al final acabé viendo al traumatólogo, dos horas y quince minutos después de haber entrado en el hospital. Costillas desplazadas, concluyó después de ver las radiografías durante dos segundos; crema, pastillas y nada de ejercicio en diez días. Punto y final.

Salí del hospital tomando la firme decisión de que a partir de ahora tomaría un Actimel cada día, cinco frutas, mucha verdura y sobre todo que nadie me volvería a dar una patada en las costillas nunca más. Estos hijos de puta no me volverán a pillar nunca más.

Y colorín colorado, esta locura se ha terminado.



sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidades a la turca

Así es como los turcos celebran la Navidad; despelotando a la presentadora de su televisión que más nota tenga en relación estupidez-putonerío


Eso sí, lo prefiero al discurso del rey

viernes, 16 de diciembre de 2011

Reductio ad Hitlerum

Tengo un colega alemán aquí -llamémoslo Adolfito- con el que hago chistes de nazis. Ni él ni yo somos de levantar la zarpa derecha con más convicción que la de partirnos el ojete. Lo hacemos porque nos hace gracia el humor negro, por grotesco que suene esto, como al fin y al cabo siempre lo es, admitámoslo.
La entrada de hoy toca hacerla porque hace un par de días otro ciudadano germánico que tengo agregado en la red social se enfadó bastante con Adolfito por un asunto.
Digamos que tengo una foto de mi amigo en una posición más tercer-reichista de la cuenta y comenté de risas que ahora podría chantajearlo cuando quisiera con esa foto en mi poder. Y el otro alemán leyó eso, y sin venir a cuento se cabreo con Adolfito en vez de conmigo. Me parece bastante representativo de lo cegado que está ese tipo -por no decir otra cosa-, cuando habiendo hecho yo la broma en lugar de encabritarse conmigo se encabritó con mi amigo alemán.
Curioso como a veces las estupideces propias más ingenuas sacan las estupideces ajenas más viscerales.
En cualquier caso; aunque nadie me lo pida aquí están las razones por las que hago bromas sobre nazis.
1) Me hacen gracia. Obviamente esta es, al final, la única razón genuina. 
2) Sé que es un lujo poder reírse de los nazis porque me toca bastante lejos. Así que me lo permito. Y qué bien sienta.
3) Para mí el humor es lo mejor que hay para poder sobrellevar la parte más jodida de la vida, y es uno de los mejores consuelos que hay. Los griegos usaban la catarsis en el drama. A mí me gusta usarla en la risa.
4) Los nazis fueron reales, valga la redundancia. Muy reales. Hay familias que incluso hoy en día tienen todavía cicatrices que les recuerdan a cada segundo lo reales que fueron, pero para mí aquellos tipos a una esvástica pegados me quedan tan lejos en el espacio, el tiempo y los círculos sociales que no representan  para mí más que lo abstracto de lo Malvado; son la prueba de lo peor que puede hacer el Ser Humano. Y como todo concepto abstracto dañino, para mí es risible si se le echa los suficientes cojones (y admito que para mí en este caso es fácil).
5) No hay mejor manera de evitar convertirte en algo que riéndote de él.
6) El humor suele cosificar a la gente, y es más fácil enfrentarse a algo que a alguien.

En cualquier caso no digo con esto que lo que yo haga, ni lo que Adolfito haga, sea demasiado moral ni sea lo correcto. Posiblemente sea de hipócritas y de imbéciles. Pero qué quieren que les diga. A mí Adolfito me demuestra o sabiduría o estupidez (o una mezcla de las dos) cuando en vez de censurar mis bromas nazis las comparte, siendo él más rojo que los calzoncillos de Papa Noël.


domingo, 11 de diciembre de 2011

Entrada prohibida a vigoréxicos

Es curioso como la humanidad comparte en el sitio que sea ciertos comportamientos que nos demuestra que somos igual de idiotas y geniales cuando queremos.
Hoy fui a un gimnasio en Eskisehir y si no me quitaba los auriculares cualquiera diría que seguía en Las Palmas o en Santiago de Compostela, por esos tipos que andan como gorilas, con los codos a más separados mejor, que se tocan sus pectorales con esa cara de sufrimiento hacia el horizonte como diciendo "Dios... cuántas fibras he roto hoy con mi nuevo ejercicio de mancuerdas" y con esa mirada por encima del hombro que lanzan a los alfeñiques, nenazas y tirillas que poblamos los gimnasios.

Tres decepciones

Cuando vine a Turquía de erasmus tenía tres ideas en mi cabeza; que siempre haría calor, que me sobraría el dinero y que comería kebabs cuando quisiera. En conjunto la imagen se me hacía agradable; me veía a mí mismo tumbado en una hamaca bajo un sol caribeño con dos atractivas turcas agitando hojas de palmera para refrescarme mientras yo bebía un mojito bien frío sabiendo que me traerían un kebab con solo chasquear los dedos.
Bueno. Pues ahora estar a 4 grados al sol me parece una maravilla, estoy en números rojos en mi cuenta y tuve que irme hasta Estambul para comerme un kebab. Y no llevaba salsa.
Por lo menos de esto se saca provecho y me voy a aprender a esquiar en un par de días.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Nunca máis

Hace un par de semanas me compré una máquina de cortar el pelo soñando con que gracias a esa estratagema maestra ahorraría un pastón.
Hoy, mientras escribo esto, Elena está intentando arreglar el estropicio que ha causado esa máquina mientras se parte su real ojete. La verdad es que no sé que esperar, porque le está empezando a salir su risa malvada y me está hablando mucho sobre "así empezaron todas las modas, con fallos".
Así que Caballeras y Damos, cuando piensen en comprarse una máquina de cortar el pelo, pásense antes por la sección utensilios de cocina y cómprense un cuchillo de plático. Seguramente corte mejor. 

martes, 6 de diciembre de 2011

Crónica de Capadocia (2): Cómo hacer el gilipollas

Y aquí está damas y caballeros y caballos; el manual de cómo conseguir la perfecta muerte estúpida, por Álvaro Gil.



El viaje a Capadocia dio para mucho, pero esta es una de las joyas que más valoro; ni Christopher Nolan consiguió acercarse a la verdadera esencia de Batman como este video. Lo tiene todo si le echamos imaginación: el que graba con la cámara (Aitor) y que se ríe como un asesino esquizofrénico puede ser perfectamente el Joker.Y por el otro lado tenemos al héroe que arriesga su vida (Geri), ni más ni menos que el Caballero Oscuro. Y finalmente tenemos a la víctima (Álvaro) que se ha metido por su propio pie en una trampa tonta solamente por una foto-tuenti.

Y es que Álvaro quería sacarse una foto guapa-guapa, de esas reshulonas tipo principal, aunque eso significase meterse en un precipicio resbaladizo. Y por Dios que se arriesgo. Pero de la foto al final no hablamos. Aitor juzgó más propicio para el momento hacer un video. Así, si Álvaro se acababa cayendo, al menos habría un video con el que echarnos unas risas durante el velatorio.
Y luego Geri, que le echó un par de cohone para salvarle la vida. Chapó.

Por cierto, atentos al "cagüendios" final. Esa palabra lo resume todo.

Y hablando de Batman; nos encontramos ni más ni menos que un batarang congelado por Mr. Frío en mitad de Capadocia


El que sostiene la cartera de Batman es el bueno de Vicent Ortega, yonki de Batman para los amigos. El que está escondido en las sombras detrás de su capa es Tito Moi.



miércoles, 30 de noviembre de 2011

Adiós Ditto

Hace unas semanas vivimos un momento triste en el piso. Tuvimos que sacrificar a nuestra mascota del piso. Nosotros la llamamos Ditto; era el conjunto nacido de la mancha de café, té y basura que había ido creciendo poco a poco con nosotros desde la última fiesta que hicimos en el piso y que con el paso del tiempo había adquirido conciencia propia.


Supongo, queridos lectores, que estarán de acuerdo conmigo que Ditto es un nombre que le viene perfecto a nuestra mascota; cual pokemon multiforme creció con nosotros y se ganó un pedacito de nuestros corazones.



Por eso yo lloré mientras lo restregaba. No por el mal olor. No por lo asqueroso de mis dedos pringados. 
Por los recuerdos. Por el amor.

Siempre en nuestros corazones, Ditto.


domingo, 27 de noviembre de 2011

La tumba del Rey Midas sin Santa Sabiduría

Hace ya algo más de una semanita un par de erasmus nos fuimos en una visita exprés organizada por el ESN (una organización sin ánimo de lucro que quiere desarrollar la integración de los estudiantes de intercambio) a ver ni más ni menos que la tumba del Rey Midas, aquel del que decía la leyenda que todo lo que tocaba se convertía en oro.

Esto era lo que nos prometía internet y las guías de viaje; la entrada al falso templo de la tumba, con la fachada esculpida en roca madre con bajorrelieves frigios y hasta detalles de escritura cuneiforme bien conservados.


Y esto fue lo que vimos. Un par de troncos que tapaban todo.


Obviamente la están restaurando. Sin embargo mi parte más cínica no se puede dejar de preguntar cómo será el resultado final, teniendo en cuenta que estamos en un país cuyo monumento más universal, Santa Sofía, a pesar de ser Patrimonio Histórico de la Humanidad y de terminar de haber sido restaurada el año pasado después de 17 años de obras ahora solo consigue dar pena -después, por supuesto, del estupor inicial que uno siente al entrar por primera vez en ese lugar siempre soñado- al ver las pinturas de las paredes a medio caer o a los gatos callejeros lamiéndose su cipote en medio del Omphalion, el lugar sagrado donde se coronaba a los emperadores.

Pero bueno, esperemos a ver. Aunque el detalle de que no hubiese guardias de seguridad cerca que nos impidiesen haber subido hasta arriba del todo, como efectivamente hicimos, no me dice mucho a favor del resultado final.
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A pesar de esto, de que la visita fue tremendamente rápida, de que no entramos en el museo que estaba solo a unos metros de distancia (aunque sospecho que no nos perdimos demasiado; todo lo que encontraron está ahora en el Museo de las Civilizaciones de Ankara), de que pudimos escalar ruinas antiguas (!!) -lugares donde antes otros habían usado como despensas, casas o incluso templos- y de que no había ni un triste guía que pudiese explicarnos nada sobre la tumba levantada en honor a uno de los reyes más poderosos de la Antigüedad,  la visita estuvo genial. Si lo que uno buscaba era un día en el monte y no una visita cultural.

Al menos nos lo pasamos bien, fue un paseo precioso, con un paisaje que te invitaba a alejarte un ratito del resto, sentarte y escuchar el silencio, que parece mentira lo mucho que podías echarlo de menos.


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Por cierto, que Santa Sofía está dedicada ni a más ni menos que a la mismísima Santa Sabiduría, para los que no saben de griego básico. Supongo que es otra de las ironías de la vida que uno encuentra en Turquía; algo a lo que se ha dedicado tanto ahora esté en tan mal estado. 

martes, 22 de noviembre de 2011

En todos los lugares siempre hay un gilipollas


Hace unos días fui a hacerme el permiso de residencia en la oficina de la policía en Eskisehir. Dos horas tardaron los trámites y aún tengo que volver dentro de dos semanas. Pero a mí lo que me sorprendió de todo fue un solo detalle que me hizo sentir ganas de escupir en la cara al estúpido de turno que hay siempre en todos los lugares.
La historia es la siguiente: estaba con Sander -un amigo belga- y Yasemin, una chica turca que nos acompañó para hacernos de interprete. Por lo visto la señora que tenía que meter mis datos en su ordenador no debió de hacer ningún curso de mecanografía, porque tardó más de media hora en susodicho menester. Vi que había una chica (ya casi señora, en esa frontera que hay entre los veintisiete y los treinta y dos) fumando en el balcón. Le pregunté a Yasemin cómo se decía en turco “¿me puedes dar un cigarrillo?” y fui junto a la chica. Ella me lo dio encantada y nos quedamos fumando en silencio en el balcón. Era una chica-casi-señora guapa, rubia teñida y unas uñas pintadas de rojo que me sorprendieron, porque aquí casi nadie se pinta las uñas así. Tampoco fue un detalle que me dijese demasiado.
El caso es que terminó su cigarrillo, me sonrió y entró dentro de la oficina. Yo me quedé fuera y cuando acabé el mío la señora de nula capacidad mecanográfica ya había terminado, así que salimos.
Cuando estábamos Sander, Yasemin y yo caminando hacia la parada del autobús Yasemin nos contó como un policía se le acercó a ella y le dijo algo así como “¿quieres saber una cosa?¿Ves a esa chica? Es una puta de Armenia sin papeles. Hoy la vamos a echar fuera de Turquía”.
Imagínense la cara que tuvo que poner Yasemin, cuando alguien que no conoce cuenta algo que se supone que no debería de contar.
-Es por ese tipo de detalles por lo que odio a los policías turcos.
¿Y qué chica era? La misma que me dio el cigarrillo. La chica-casi-señora. La de la amable sonrisa.
Pues mire usted señor policía. No sé nada sobre ella ni sobre usted, pero solamente por  lo que hizo hoy ha perdido todo el derecho a tan siquiera quejarse  cuando en los furgones de la policía la gente pinte ACAB con spray.