lunes, 18 de junio de 2012

Muchas gracias a todos

Se ha ido Xito, se han ido Alba, Ana y Mireia, se nos ha marchado Andrea, a Barbara ya no la veré porque está de viaje, y yo me voy pasado mañana.
Esto se acaba. Cuando firmé en el papelito del Erasmus, sabía que se terminaría, aunque nunca me lo creí demasiado. Y ahora estoy tecleando esto, a menos de 48 horas de dejar Turquía. Y aún sigo sin creerme que me iré.
En las despedidas la gente siempre se pone a llorar, por el cariño y la tristeza de ver a los amigos yéndose. Yo, personalmente, quiero evitar este bajón. Prefiero descojonarme y abrazar a mis amigos una última vez con una sonrisa. Así que pretendo irme por la puerta grande. Esta noche me compraré mi última botella de VoTka (así, con T, un vodka especialmente diseñado para que los hepatólogos turcos vean crecer sus cuentas corrientes hasta lo obsceno), y lo que pase a partir de entonces solo puedo decir que ya lo juzgará quien crea oportuno.

Muchas gracias a todos.

miércoles, 6 de junio de 2012

Simona

Hoy, a las 7 y media de la madrugada (entiéndanme ustedes, queridos lectores, para un Erasmus esa hora es la madrugada más absoluta que existe), Venus pasó sobre el Sol. Por lo visto era un acontecimiento cósmico del copón y que no volvería a pasar hasta dentro de 115 años. En un blog que leo mientras cago no tengo nada que hacer, leí que sería como una piedra de LSD sobre el Sol. Ante esto (y a pesar de saber los gustos por las drogas duras del autor de la página), pensé que no estaría mal ver el acontecimiento. ¿Porqué no dejar que los rayos de luz me violen las retinas para poder ver un punto negro durante unos segundos sobre nuestra estrella particular? En su momento me pareció una buena idea. 
Todo esto viene al caso de que seguimos con los agradecimientos. Ahora le toca el turno a la buena de Simona Serra, la italiana pizpireta y que habla sin parar si la dejas.
La sarda en cuestión contactó conmigo a horas intempestuosas en la noche, mientras yo hacía cierta travesura que está ahora mismo en proceso, pero que no viene al caso. Aún. 
Simona (o Simo, como la llamamos sus amigos) me habló del evento y me preguntó si quería acompañarla. Tomaríamos una cerveza mientras veíamos el asunto y pasaríamos un buen rato. Me parecía un plan excelente.
A las 6 y media ya estábamos ambos paseando por las calles, de camino al descampado que hay frente a la entrada de la universidad. Nos sentamos, abrimos las latas y miramos al cielo, esperando extasiados el ballet cósmico y demás. Pero no contábamos con las nubes.
Al final no pudimos ver nada, y como no parecía que ese puntito negro infame se daría por aludido y ofrecería su performance particular, acabamos hablando de nuestras cosas. De amigos en común, de que esto se está acabando y de qué felices hemos sido en esta ciudad, en este país, con esta gente, aunque parezca mentira. De que nunca volveremos a vivir algo así. De que posiblemente seamos igual de felices después de esto. Pero nunca de la misma manera. 
Supongo que abandonamos lo celestial por algo más terrenal. 
Llegó un momento en esa mañana que nos pusimos a intentar acordarnos de cuándo nos conocimos. Le dije que mi primer recuerdo de ella fue en la oficina de estudiantes de la facultad de Comunicación (hace ya 9 meses, joder), cuando yo tenía que apuntarme a una asignatura más o no me llegarían los créditos. Ella apareció de repente y me dijo que me apuntase a Actividades Culturales. Era fácil dijo. Me metí pensando que no perdería nada, sin saber que acabaría suspendiendo esa clase 4 meses después.
-¿En serio? -dijo ella en inglés después- No me acuerdo de eso.
Y entonces me dijo que su primer recuerdo de ambos fue una noche de Octubre, saliendo unos cuantos Erasmus de una discoteca a las tantas algo más ciegos de la cuenta, y que los dos nos pusimos a cantar como si no hubiera mañana el Nessun dorma y el Parlami d'amore Mariú.
-Y luego te pusiste a bailar ballet en medio de la calle. -Concluyó con una risotada.
-Mierda -susurré riéndome-. Es verdad. Lo había olvidado.
Y normal que lo hubiese olvidado. Por lo visto una Erasmus nos grabó esa noche. Espero que ese vídeo traidor no salga nunca a la luz.

A Simona le agradezco sus conversaciones sobre política, sus risotadas y fiestas, sus "bastardo" y sus "you are such a bitch" (que espero de todo corazón que me los diga de coña), sus consejos y sus manos en el hombro, que siempre han sido recíprocos llegado el caso. Que me abriese su corazón y me contase ciertos secretos, porque creyó que yo era una persona en la que podía confiar. Que me enseñase a ser mejor persona, en realidad.

Nos vemos en Roma, bitch.







Elena y Xito. Xito y Elena.

Cuando volví a retomar el blog escribí algo así como que (y perdonen la pedantería de que me cite a mí mismo y que lo haga inexactamente) quería agradecerle a ciertas personas lo que ahora soy y lo que me han enseñado.
Eso era, de verdad de la buena, lo que sentía en su momento, pero en cuanto le di al botón de publicar me flaquearon un poco los dedos sobre el teclado. Durante la última semana he estado yéndome por las ramas más de la cuenta y haciéndome el loco. Era más fácil decirlo que hacerlo, y además tenía cierta reticencia, porque sospechaba que podía liarla muy parda llegado el momento (más, si cabe), porque aún no he hecho las paces con ciertas personas ni con su recuerdo. Pero hoy se publicó un vídeo, y eso me ha dado el empujoncito que necesitaba para, al menos, hablarles de Elena y de Xito.
Para los que están leyendo mi relatillo del Erasmus, en algún momento (y el prólogo infame no cuenta) acabarán llegando a la parte donde salen esta parejita. Quizás hablé en él menos de lo que quería sobre Xito y más de lo que tenía pensado de Elena. A lo mejor esto es caer un poco en la redundancia, pero al fin y al cabo el blog es mío y me lo follo cuando quiero escribo en él lo que quiera.

No creo que nadie me tome por un idiota si digo que son la pareja más entrañable que se ha visto en la ciudad este año. Los jugueteos y las bromas que se gastan el uno a la otra y el beso de reconciliación final que siempre se acaban dando consiguen que acabe sacando una sonrisilla feliz, y la verdad es que da gloria bendita solo de verles. 

Ya no digamos cuando alguno de ellos dos dice eso de "No. Nosotros no follamos: hacemos el amor". Viniendo de ellos dos, si eso no es enternecedor, no sé que puede serlo.

Luego en el piso se den ciertas situaciones que son mejor no sacar a la luz, y que deseo con toda intensidad borrar de mi cabeza, para horror mío y risa sarcástica de ellos (especialmente de la capulla desmemoriada de la Elenitis aguda).

Llegó un momento en el que los dos decidieron vivir juntos en la práctica, y la mayor parte del tiempo era en nuestro piso, me parece recordar. Así que, sin saber muy bien cómo (y todo empezó como una broma), los tres acabamos pareciéndonos a Lily, Marshal y Ted, de la serie Cómo conocí a vuestra madre. La parejita y el sujetavelas el compañero de piso.

Lo que les quiero agradecer a estas dos personas son ciertas risas compartidas, ciertas conversaciones en la cocina o en nuestras respectivas habitaciones, cierta portada y página de agradecimientos, ciertos abrazos que nos hemos dado cuando alguno lo necesitaba, cajetillas y cajetillas de cigarrillos gratis, recetas gastronómicas y kilos de comida gratis que me han dado sin esperar nada a cambio y gracias a los cuales no he muerto de inanición. Y también que he aprendido de ellos más que en todos los años que llevo de carrera sobre cine y vídeos, anatomía y fisiología femenina y oratoria para borregos.

¿Y qué quieren que les diga? El vídeo que viene a continuación es una de las cosas más bonitas que he visto. Sé que la frase es un poco ñoña, pero es sencilla y directa.
Es una de las cosas más bonitas que he visto.
Pues eso. Xito, Elena. Elena, Xito. Ted Mosby les desea lo mejor. Nos vemos al otro lado del pasillo.


Con cameo especial de mi mochila

martes, 5 de junio de 2012

I want to have a life

Un pequeño corto hecho por Juan, un chaval de Gandía (que hay que ver las cosas que hacen estos tipos con una cámara). Quiero tener una vida, dice su título traducido del inglés. Para los lectores más asiduos a este sitio, supongo que ya sabrán mi opinión sobre el tema. Pero no daré un sermón innecesario. Disfruten del vídeo.

sábado, 2 de junio de 2012

El aḏān

Después de lo que sospecho que ha sido justicia kármica me haya abofeteado irónicamente hace escasa media hora, me encontraba volviendo al piso sin pensar demasiado en nada en especial cuando el primer canto del aḏān me sorprendió en la calle. Y como de esta noche pensaba hacer algo productivo con mi vida (aunque tenía otra cosa en mente por lo de productivo), la tentativa de una breve reflexión sobre el tema no me pareció tan mala opción.
Me gusta, a su manera, que la llamada al rezo en la religión musulmana sea cantada. En cierto sentido porque si uno escucha con atención, los gritos del almuédano de la mezquita son bastante tristes, o melancólicos si se prefiere. Pero también son más humanos que las campanas de las iglesias cristianas.
En cuanto al asunto de la tristeza, quizás sea solamente yo, pero después de este año he llegado a pensar que en Turquía existe cierta devoción por el hecho de sentirse triste. Uno lo intuye por ejemplo si escucha la música nacional, tanto la tradicional como la más comercial. Hay una pasión evidente por cantar sobre corazones rotos, pérdidas personales o desengaños. Y por lo visto es típico meterse entre pecho y espalda litros de raki cuando se está despechado mientras se escucha alguna de estas canciones, maldiciendo y demás. Ya se pueden imaginar la escena. En general esto me resulta un tanto patético, aunque no creo que yo sea nadie para decir nada. Aquí cada uno pasa página -si se quiere decir así- como puede.
En lo tocante a lo humano, solo hablo desde mi experiencia más personal, porque hasta ahora no he visto ninguna otra cosa y no he estado en ningún otro templo que no sea cristiano o musulmán. Las campanas son totalmente apersonales y suenan casi a un mandato frío y mecánico. El aḏān es totalmente pasional. Es lo más representativo que hay en el concepto de ser musulmán, que literalmente significa ser siervo de Ala. No siervo en el sentido más peyorativo de la palabra, la sumisión (que también): me refiero al amor platónico hacia su Señor particular. Es casi como si los católicos españoles decidiesen eliminar las campanadas y sustituirlas por ciertos versos de Santa Teresa de Jesús (específicamente los que hablan sobre el dolor de corazón, que efectivamente padeció al tener una enfermedad coronaria) o de Fray Luis de León. 
Son palabras de amor al fin y al cabo, tristes, pero palabras. No son golpes contra el metal duro y frío. 


El fin justifica los medios

Anoche el insigne autor de este blog erasmusero supo lo que significaba "o  cago ya o me muero aquí mismo". Vuestro Tito Moi  se despedía de Eva la francesa en la puerta del Pilavci después de un merecido pollo con arroz after-party, cuando encontrándose a unos 300 metros de su casa, el padre de todos los retortijones apareció de improviso en su bajo vientre. Ante el tremendo apretón, hizo lo que cualquier persona de buena testa habría hecho en su situación: apretar mucho las nalgas y correr como si el cobrador del frac le persiguiese a lomos de un unicornio. Durante esa carrera, los pantalones se le empezaron a caer, así que se vio obligado a agarrarlos para evitar que media ciudad supiese que marca de calzoncillos usaba. Y así, emulando a los velocistas paraolímpicos, solo deseó que nadie conocido le viese en tan deplorable comportamiento. Pero, por avatares del destino, al cruzar la esquina vio a Layla, una chica española. 
-Mecagüentóloquesemenea -maldijo sin detener su sprint.
Con la mano que tenía libre la saludó.
Layla se quedó mirandolo, y el Tito Moi pudo leer en sus ojos que se preguntaba "¿pero qué coño...?", sin embargo no se detuvo a explicarle la situación. 
Al tiempo que apretaba más allá de lo posible sus glúteos, cogió sus llaves, abrió la puerta, se metió dentro de su edificio, subió las escaleras y entró en su piso como un huracán, encerrándose directamente en el baño. 
La satisfacción que sintió después, y la gratitud que profesó hacia el inventor anónimo del retrete, solo se puede describir con este video.


viernes, 1 de junio de 2012

Sobre cómo violar el legado histórico

Estos de aquí son algunos de los Erasmus que fueron a Olympos hace un par de días. Podrían haberse limitado a la visita cultural y playera de turno, con eventual borrachera. Pero no. Decidieron hacer el gilipollas. 


Aunque tal vez solo sea que tengo un poco de envidia y que esté tan despechado porque no fui con ellos, por falta de pasta y planes alternativos. Pero quien sabe. Me siento mejor llamándolos gilipollas. Gilipollas.