La pasión turca es un eufemismo. Mejor sería llamarla la obsesión turca. O la enfermedad turca. Pero entonces al bueno de Gala el título de su novela no le habría quedado tan redondo.
Una de las primeras noches que estuvimos en Turquía, Elena y yo volvíamos de fiesta de madrugada cuando el rugido del motor de un coche que en aquellos momentos estaba cruzando a toda velocidad la calle se detuvo en seco, derrapando y quemando la goma de los neumáticos. Todo esto justo a nuestra altura. Yo miré y vi que dentro de él habían tres personas que nos observaban. Absolutamente en silencio. El coche estuvo al relentí, siguiendo nuestros pasos durante uno de los cinco metros más tensos de mi vida.
Después los del coche dijeron algo en turco y aceleraron. Yo vi como se perdían por los callejones de la ciudad. Esto es algo que les ha pasado a la gran mayoría de las chicas que hay por esta ciudad. Y para las turcas es usual sucesos como este.
En otra ocasión una chica española iba a su casa de noche después de salir de un bar cuando notó que un chico la perseguía por la calle, unos metros por detrás . Cuando ella entró en su piso, alguien empezó a tocar en el telefonillo. La chica no abrío. Miró por la ventana escondiéndose entre las sortinas y vio que era el mismo tipo, que la miraba desde la calle. El personaje siguió así más o menos media hora, y al final se fue.
Un grupo de turcos que conocemos -y al que a pesar de que nadie les invita a veces suelen acabar en nuestras fiestas-, por norma general se suelen dedicar a emborracharse y a sobar a las chicas, y a los que un "no", por determinante y serio que se diga, no les dice nada. En nuestra última fiesta tuvimos que echar a uno fuera de la casa.
En otra ocasión, otra chica esperaba para recoger su abrigo dentro de una pequeña marabunta de personas que se iba moviendo poco a poco hacia el guardarropa de una discoteca. En algún momento anónimo, alguien le tocó el culo. Pero no fue la típica nalgada desconocida y fugaz. No. Le estrujó la retaguardia y mantuvo la mano ahí. La chica apartó la mano de una bofetada sin reconocer de quién era. Cuando se dio la vuelta, la mano volvió otra vez. Ella la apartó de un golpe pero la mano regresaba una y otra vez.
La chica cogió su chaqueta y salió de la discoteca temblando de miedo y de rabia. Nunca supimos quien fue. Ella siempre dice que es la primera vez que se vio cosificada. Reducida sin haberlo querido solo a un culo por un estúpido a quien ni siquiera le había visto la cara.
Las chicas turcas no suelen volver a su casa solas si ésta quedaba lejos y era tarde. Al principio de mi erasmus esto me sorprendía. Pensaba que la cultura del país les hacía creerse -independientemente de si lo son o no- indefensas. Pero ahora comprendo que habiéndose criado en un lugar en el que sabes que van a violar tan impunemente y sin remordimiento tu espacio personal, y para lo que prácticamente no puedes hacer nada a no ser que vayas acompañada, al final solo las realmente fuertes siguen indiferentes ante eso, y las que tienen más miedo crean ese sentimiento de necesidad de compañía.
A mí personalmente me da ganas de vomitar. Todo esto desgraciadamente no son sucesos aislados en el espacio y el tiempo, sino que constituyen una de las constantes más tristes y patéticas de este país. Y me he dejado muchas cosas por teclear. Se lo aseguro.
Quiero pensar que estoy haciendo mal, que no tengo que aplicar a todo un país el comportamiento de una docena de tipos a los que los cojones les queman dentro de los pantalones. Que generalizar es uno de los mayores pecados a la hora de escribir. Pero todos mis amigos, compañeros y gente extranjera que he conocido viajando por el país -muy diferentes unos de otros- han tenido esas mismas experiencias a lo largo de toda la nación. Eso me hace pensar que ya no es algo puntual.
Quiero pensar que estoy haciendo mal, que no tengo que aplicar a todo un país el comportamiento de una docena de tipos a los que los cojones les queman dentro de los pantalones. Que generalizar es uno de los mayores pecados a la hora de escribir. Pero todos mis amigos, compañeros y gente extranjera que he conocido viajando por el país -muy diferentes unos de otros- han tenido esas mismas experiencias a lo largo de toda la nación. Eso me hace pensar que ya no es algo puntual.
Algunas personas me han dicho que es por su cultura, que no podemos juzgarla desde los ojos de la nuestra. Que obviamos nuestra historia común, suponemos la suya y demás.
Qué quieren que les diga. Admito que he vivido poco en ese país como para conocerlo a fondo, pero si lo suficiente como para tener claro que hay una enorme y kilométrica distancia entre lo que supone la cultura como concepto y lo que supone ser básicamente gilipollas.
Y otra cosa. Desconfíen de los que se escudan detrás de las costumbres y se engalanan con los rituales para esconder su estupidez y analfabetismo.
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